HIGH, la historia de una adicción

CRÍTICA

(NUEVA YORK, Booth Theater)

Acabo de leer que HIGH, obra de Broadway que tuve la oportunidad de ver en Nueva York el pasado marzo (en una de sus funciones anteriores al estreno), fue suspendida después de ocho funciones oficiales debido a la baja recaudación que estaba obteniendo. Una pena, porque la verdad es que me pareció una pieza fantástica.

High es una texto algo excesivo, puede ser, demasiado dramático y psicológico (en el sentido obvio de la palabra), pero que funcionaba muy bien gracias a todos sus elementos, en especial a unas actuaciones espectaculares por parte de sus protagonistas. Kathleen Turner (muy alejada de su imagen de mujer fatal de formas perfectas), interpreta a una monja (como habéis oído) bastante malhablada (ahí ya cuadra más la cosa) e irónica, que se encarga de la rehabilitación de un joven (Evan Jonigkeit) marcado por una adicción terrible a las drogas y por la sospecha de haber tenido algo que ver en la muerte de un adolescente en una habitación de motel. La hermana Jamison no quiere aceptar este encargo y se enfrenta con su amigo el padre Michael, su superior y quien le ha encargado esta tarea. (Voy a hacer un paréntesis en este momento, y es que el resto de este párrafo es un spoiler y puede descubrir elementos vitales para la trama. En otra ocasión no lo haría, pero dado el carácter de esta crítica ya que es una obra que ya no está en cartel, me he tomado la licencia de hacerlo) Bueno, continúo: Los miedos de la religiosa son bien fundados ya que cabe la posibilidad de que el joven les arrastre a todos en su espiral hacia el vacío porque ella misma estuvo enganchada a las drogas en su juventud. Pero el padre Michael necesita que alguien se encargue del chaval porque es el hijo de su hermana fallecida y no tiene a nadie más. Entre la hermana y Cody se establece una relación de amor odio jalonada por bromas, lágrimas e incluso intentos de violación provocados por las drogas. Desde luego la obra no es sutil. Y peca del fallo de necesitar traumas terribles en todos los personajes (al final se descubre que el personaje Kathleen Turner tiene un complejo de culpa terrible por invitar a su casa de adolescente a un chico que mataría a su hermana). Pero a pesar de ello, te sumerges inevitablemente en la relación de estos personajes vapuleados por la vida. Matthew Lombardo, el autor, adorna además la obra con multitud de puntos cómicos sin los que tanto dolor sería insoportable. Y consigue así eso tan difícil que es pasar de la risa a la lágrima en un instante.

En cuanto a la puesta en escena, una pantalla con un cielo despejado por el que van pasando lentamente cúmulos de nubes reciben a los espectadores en un fondo negro mientras se van sentando. Después la pantalla se eleva y desaparece y el fondo se llena de puntos luminosos, estrellas que inundan el escenario. Y ahí es cuando Kathleen Turner sale y llena la escena. Posteriormente un par de simples elementos en blanco, dos paneles con una puerta y un par de sillas, aparecen deslizándose desde diferentes puntos de la escena en un movimiento fantasmagórico (los paneles salen desde la oscuridad de las estrellas sin saber muy bien cómo y se giran colocándose en sus posiciones) utilizando luz negra creando la fosforescencia de estos elementos. No hay muchos cambios (simplemente aparecen y desaparecen en los monólogos de Kathleen Turner) y al final el mobiliario es sustituido por un par de muros de ladrillos blancos para la calle en la que la monja encuentra a Cody. Todo ello potenciado por una iluminación basada en luces directas y potentes sin filtros, como el foco que ilumina al personaje principal en sus monólogos, asilándola de la oscuridad exterior entre las estrellas. La música asimismo, unas pocas notas que parecen de sintetizador y que se repiten en diferentes momentos, ayudan a crear esta atmósfera melancólica y pacífica, ensoñadora, que se contrapone a la dolorosa realidad de los personajes.

Kathleen Turner está inmensa en su personaje. Le dota de una fuerza y presencia increíbles, y a la vez de gran humanidad y fragilidad. Entre escenas con los otros dos personajes la vemos en monólogos, únicamente ella en el centro del escenario, contando historias de su infancia y juventud (es más, la obra empieza y termina así), con lo que se establece una conexión emocional inmediata con este personaje.  Además, quieras o no, es Kathleen Turner en escena, un mito de Hollywood, protagonista de películas como “Fuego en el cuerpo (Body Heat)” de Lawrence Kasdan (aunque ahora esté más cercana en físico a la genial “Los asesinatos de mamá (Serial Mom)”, del iconoclasta John Waters) y sólo eso ya es impresionante.

En cuanto a los otros dos actores, Stephen Kunken como el padre Michael realiza una labor perfecta de acorde con su personaje, que tiene que ser más invisible, apoyo de los otros, fuerte pero también débil y arrastrando pesadas cargas en su espalda. Y Evan Jonigkeit, que interpreta al joven Cody, hace una labor de caracterización espectacular, en un continuo temblar y agitarse a causa del mono de la droga. Con la culpa continuamente sobre él se debate en una lucha constante (con su propia sexualidad, con sus adicciones,contra su terrible final) que acaba por perder en una callejón solitario. En algunos momentos puede parecer excesivo, pero comentaré un punto por el que se me quitó esa idea de la cabeza: al acabar la representación hubo un encuentro con el equipo, que se transformó repentinamente en una reunión improvisada de un centro de rehabilitación. Lombardo, el autor, confesó que era ésta una obra con componentes autobiográficos, ya que estuvo él mismo enganchado durante años a la droga, pero llevaba cuatro años limpio. Así como varios de los asistentes que se encontraban entre el público. Y algunos de ellos hasta lloraron al comentar que se habían visto completamente reflejados (a ellos o a gente cercana) en este personaje. Hasta en los más mínimos detalles. Esto hace darse cuenta de que en ocasiones la realidad supera la ficción.

La obra acaba de forma amarga. Tal vez todo lo que ha pasado ha servido de algo a los personajes, tal vez no. Tal vez el personaje de Cody ha encontrado la paz por fin, “high in the sky” como dice el personaje de Kathleen Turner (en contraposición a otra acepción de “high”, que en inglés también significa “colocado”, en relación a las drogas). Tal vez era lo que tenía que pasar.

Hay obras que te emocionan, te tocan por dentro, y ésta es una de ellas. Ya han pasado varios meses, pero sospecho que por mucho que pase el tiempo seguiré sintiendo emoción al pensar en esta obra.

FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

HIGH

By Matthew Lombardo; directed by Rob Ruggiero; sets by David Gallo; costumes by Jess Goldstein; lighting by John Lasiter; music and sound by Vincent Olivieri; makeup by Joe Rossi; production supervisors, Arthur Siccardi and Patrick Sullivan; production stage manager, Bess Marie Glorioso; company manager, Jennifer Hindman Kemp; associate producer, Lawrence J. Moss; general manager, Leonard Soloway. Presented by Leonard Soloway, Chase Mishkin, Terry Schnuck, Ann Cady Scott, Timothy J. Hampton, James and Catherine Berges, Craig D. Schnuck, Barbara and Buddy Freitag, Lauren Class Schneider, David Mirvish, Gene Fisch Jr./Stu Sternbach, David Fagin/Rosalind Resnick, Jacki Barlia Florin/Michael A. Alden and Lizabeth Zindel, the Shubert Organization and the Repertory Theater of St. Louis. At the Booth Theater, 222 West 45th Street, Manhattan; (212) 239-6200, Running time: 2 hours 15 minutes.

WITH: Kathleen Turner (Sister Jamison Connelly), Stephen Kunken (Father Michael Delpapp) and Evan Jonigkeit (Cody Randall).

FECHA DE LA REPRESENTACIÓN A LA QUE ALUDE LA CRÍTICA:

31/03/2011