MACADAMIA NUT BRITTLE, de Ricci/Forte. Brutal vacío.

Foto: Lucia Puricelli
Foto: Lucia Puricelli


CRÍTICA

Sexo compulsivo. Obsesión catódica. Un helado de una conocida marca. Materialismo extremo. Frenesí desgarrador. Soledad. Fake happiness. Fast (food) love. Un batido excesivo de elementos de absoluta vigencia en esta nuestra contemporaneidad es lo que nos ofrecen Stefano Ricci y Giovanni Forte en Macadamia Nut Brittle. Los enfants terribles italianos trasladan a escena el asfixiante universo del escritor Dennis Cooper, escritor americano homosexual obsesionado con la cara más oscura del ser humano. Y consiguen un espectáculo brutal que conecta con la parte más demenciada de la sociedad. Una búsqueda infructuosa y delirante de la felicidad y el amor desorientado.

El montaje (más cerca de la performance que del teatro al uso) que unos cuantos afortunados pudimos ver en la Casa Encendida de Madrid en la última edición de Escena Contemporánea, está protagonizado por cuatro personajes: Macadamia, Nut, Brittle (tres chicos de sexualidad extrema y diversa) y una mujer vestida de Wonder Woman. Los cuatro se erigen en representantes de una sociedad desquiciada, en búsqueda de lazos afectivos que sólo encuentran en relaciones sexuales enajenadas y frenéticas, una promiscuidad delirante (absolutamente real por otra parte) en la que el vacío deja lugar al vacío. Unos personajes obsesionados por el helado de Haagen Dazs, las series de televisión (cuyos personajes son únicos acompañantes verdaderos y llenan el hueco de los seres humanos reales) y ese sexo que sirve como anestia momentánea para el dolor existencial. Ese dolor existencial, falta de sentido y soledad estremecedora que se intentan esconder bajo máscaras de dibujos animados.


Foto: Mauricio Santucci
Foto: Mauricio Santucci


Rociamiento de sangre, desnudos integrales, magdalenas, conejos gigantes desollados, tiendas de campaña de Hello Kitty… Todo cabe en el impactante espectáculo de Ricci/Forte, lleno de crítica y (aunque parezca mentira) a la vez poesía, con una banda sonora que van desde el “Halo” de Beyoncé hasta el house más bestia pasando por “Barbarella” de Bob Crewe Generation o el “Life on Mars” de Bowie. Un montaje ejemplo de postmodernidad con sentido que, alejándose de esos espectáculos supuestamente transgresores y vanguardistas en los que no sabes de qué coño te están hablando, aquí todas las referencias se identifican, cada gesto tiene un por qué escondido detrás y un significado en su imaginería y su violencia física y verbal, en sus alusiones a la realidad más próxima. Una mujer a cuya carne van enganchando pinzas mientras sonríe y habla histérica. Un concurso de belleza (con los tres protagonistas masculinos con tacones, gorros de baño y speedos) con un fondo musical que habla acerca de cómo conseguir tus sueños mientras la chica les rocía con sangre. Unas violaciones grupales a seres humanos inertes, inanimados, cachos de carne. Un monólogo a cuatro (absolutamente delirante) sobre la quedada con una cita a través de Internet con un hombre de miembro desproporcionado (“¡un filósofo de polla gigantesca que además sabe cocinar!”) y que se va igual que vino, dejando un vacío mayor todavía del que había en sus vidas. Un absurdo réquiem por todos los personajes de series de TV (desde “Lost” hasta “Anatomía de Grey”) que han fallecido en la ficción. Irracionalidad y realidad, obsesión e ironía, desasosiego y desesperación se dan la mano en este potentísimo montaje. En el que además los cuatro protagonistas se dejan (casi literalmente) la piel, en un trabajo corporal e interpretativo absolutamente brutal, de una intensidad, exasperación y angustia demenciales situados un espacio diáfano en el que se siente el vacío. Macadamia Nut Brittle es un espectáculo sobrecogedor, valiente y sincero, una crítica feroz hacia el consumismo emocional y un revulsivo contemporáneo ante el que uno se siente tristemente identificado y que mueve (empuja brutalmente) a la reflexión. Ya lo dicen dicen sus creadores: Somos víctimas, verdugos, protagonistas de la snuff movie que nos ofrece la vida. Buscando desesperadamente el amor en un mundo imposible en el que, al final, la naturaleza, como los hombres, es una puta desleal. Siempre.


Foto: Gaetano Giordano
Foto: Gaetano Giordano


FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

EN ESCENA
Anna Gualdo
Fabio Gomiero
Andrea Pizzalis
Giuseppe Sartori
ENTRENADOR
Marco Angelilli
DIRECTOR TÉCNICO
Davide Confetto
ASISTENTE DE DIRECCIÓN
Elisa Menchicchi
DIRECTOR
Stefano Ricci
Una producción de Ricci/Forte en colaboración con Garofano Verde Festival
ricciforte.com
Con la colaboración del Istituto Italiano di Cultura de Madrid


FLAMENKASS, en la Fundación Casa Patas. Quejío fantasmagórico.

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Reseña publicada originalmente en la web de cultura NOTODO.COM, que se puede encontrar en este link.

Flamenkass, un cabaret flamenco y esperpéntico que se repone en el Teatro Alfil
Fantasmas con arte. Mucho arte. Quejío y zapateo de ecos sobrenaturales. Tres flamencas fallecidas regresan del más allá, abandonando el marco del retrato en el que residen desde su muerte a causa de un accidente de avión. ¿El objetivo? Impedir que se malvenda el espacio en el que cuelga ese cuadro, en el cual moran por siempre jamás, donde tantas veces actuaron en vida. Éste es el punto de partida de Flamenkass, espectáculo que después de haber pasado por varios espacios (como La casa de la portera) y por el algo más apropiado Fundación Casa Patas, ahora recala en el Teatro Alfil de Madrid. Las tres fantasmagóricas artistas se quitan el polvo y se lo sacuden a su vez al flamenco en un montaje lleno de arte, tronío, ironía y coraje.

Amalia Hornero es la directora, y responsable junto a Arturo Menoyo, del texto. Un texto repletito de surrealismo y esperpento en el que todo cabe. Desde el espectáculo de títeres hasta una versión sexy de La Bien Pagá. Desde la eterna lucha de egos entre miembros de las compañías itinerantes hasta una historia de amor más allá de la muerte entre una muñeca flamenca a tamaño natural y su inseparable toro. Desde la caducidad de algunas tradiciones como las corridas (de toros, malpensados) hasta una representación en vivo y en directo de un paso de Semana Santa. Flamenkass es un surrealista homenaje a un arte y sus artistas, más fuertes que la muerte y capaces de volver del más allá para agarrarnos de las orejas y llevarnos con ellas. Y es que además las tres artistas principales son tres monstruas (como diría aquélla). Amalia Hornero, además de dirigir y escribir, está fantástica, simpática y juguetona, como La Pimentona. La cantaora Julia Murillo es la Malas Hierbas, y reparte a diestro y siniestro su arte entre los presentes con alegría y desparpajo. Y la bailaora Pepa Chacón nos ofrece unos taconeos de agárrate y no te menees con su divertida vis cómica. Sin olvidarnos de la esplendorosa guía que intenta vendernos esta casa, Ludy Ruiz, en el papel de La Polilla, hermana, hijastra y sobrina de las anteriores, que tendrá un final inesperado. Y de Pablo Rubén Maldonado, que aunque a nivel interpretativo no sea Laurence Olivier, como músico (y toro con cola incluida) al piano es bastante tremendo.

Flamenkass es un esperpento telúrico y taconeador que fusiona teatro y flamenco e intenta acercar el cante y el baile a una situación actual no muy halagüeña. Porque además el espectáculo también tiene su puntito tragicómico acerca del peso de la tradición y de la losa de la situación actual de nuestro país. Cierto es que tiene sus cosillas. Se nota por ejemplo que en principio eran tres piezas independientes. Y además te puedes encontrar con alguna broma en exceso facilona, cierto es. Pero sin duda es un espectáculo que va ganando enteros mientras avanza y el surrealismo extremo se apodera de él. Un espectáculo farsesco que quiere instaurar la flamencura en lugar del miedo y cultivar una empatía transgresora, como ellas mismas dicen, y con el que se disfruta de lo lindo (si a uno no le dan sarpullidos cuando escucha un quejío, porque entonces es mejor que ni se acerque, claro). Unas Flamenkass que van y vienen a ritmo de bulerías, soleás, alegrías, tangos, seguiriyas y fandangos. Estas nuevas mensajeras del más allá que pretenden inundar el más acá de su cante flamenco, y darle una dimensión irónica, original y diferente en este cabaret esperpéntico lleno de arte y poderío. ¡Ole, ole y ole!

Flamenkass
+ INFO

 

Nombre del montaje: Flamenkass

Disciplina: Teatro musical

Director: Amalia Hornero

Autor: Amalia Hornero y Arturo Menoyo

Reparto: Ludy Ruiz, Amalia Hornero, Julia Murillo, Pepa Chacón y Pablo Rubén Maldonado

Coreografía: Joaquin Ruiz
Música: Pablo Rubén Maldonado
Diseño Iluminación: Carlos Padilla
Vestuario: Pasiones Flamencas, A&T, Lola Almela, Cuarto Ropero
Fotografias: Miguel Ángel Pizarro
PRODUCCIONES FLAMENCAS

D�nde: Teatro Alfil

Direcci�n: Pez, 10. Madrid

Hasta: 27.06

Horario: Viernes de mayo a las 20h.; jueves de junio a las 20h.

Precio: 15 €

Venta de entradas: teatroalfil.es

EXTRAÑOS EN UN DIVAN, de Jacques Bonnavent. Suspense clásico.

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Tres personajes. Una soga. Un vestido rojo. Elementos que podrían encajar a la perfección en una película de Alfred Hitchcock. Y es que mucho de este prestidigitador cinematográfico hay en la obra “Extraños en un diván” del mexicano Jacques Bonnavent que podemos ver en la sala Arte & Desmayo. La historia gira alrededor de una joven pareja y el padre de la chica. Pero todos (por supuesto) esconden secretos. El padre es psicoanalista y recibe a su futuro yerno, quien le confiesa sus ansias asesinas, sin que sepan que les une una relación que va más allá de la de doctor y paciente. A la vez un oscuro trauma rebulle entre padre e hija.

El texto desprende un aroma inconfundible de algo ya visto. Pero precisamente por eso resulta también tan agradable. Es una historia de suspense clásico, elegante y sobria, que recuerda al cine de los cincuenta (y a una corriente de thriller psicoanalítico de los 90) y mantiene la atención del público desde el principio hasta el final. Y, en su sencillez reside su fuerza, consiguiendo así su objetivo. El director Juanma Gómez opta por puesta en escena sin excesos, con un diván y una mesa, que se transforma tanto en escritorio del despacho del padre como en mesa de comedor. Una acertada iluminación y una banda sonora cálida de aires jazzísticos nos van llevando a través de las escenas, acompañando unas interesantes transiciones que erigen en pequeños y certeros cuadros con unas pinceladas que dejan al descubierto las verdaderas relaciones entre los protagonistas. Tres actores: Ángel Amorós (el padre), Lorena Roncero (la hija) y Pablo Castañón (el novio) llevan muy bien la función con ritmo y consiguen transmitir el inquietante estrato de pintura oscura que se esconde bajo la inocua superficie.

A pesar de que algún detalle de texto no llegue a convencer (esa alusión continua a “algo que pasó hace dieciséis años” acaba resultando forzada) y sin ser una obra maestra (aunque tampoco lo pretende), “Extraños en un diván” sí que resulta una obra tremendamente entretenida, apta para todos los gustos y perfecta para una tarde lluviosa. Vamos, un plan muy aconsejable para estos días.


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Web de la sala: www.arteydesmayo.com


KOOZA, del Cirque du Soleil. El mayor espectáculo del mundo.

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Reseña originalmente publicada en la web de cultura NOTODO.COM, que se puede encontrar en este link.

El Cirque du Soleil vuelve a Madrid con Kooza, una fantasía circense 2.0

Una cometa que no puede volar. Un hombre vestido con un pijama de rayas (un niño, un Inocente, así se llama el personaje) solitario y melancólico. Una caja llena de ilusión de la que sale disparado un inquietante y elegante individuo. Maestro de ceremonias con mágicos poderes que guía al Inocente a través de un increíble mundo de fantasía. Un universo de color y emoción que emana del interior de ese triste chiquillo. Esto es Kooza (título inspirado en la palabra sánscrita koza, que significa “caja”, “cofre” o “tesoro”), el nuevo espectáculo del Cirque du Soleil, que vuelve a su carpa blanca y rinde homenaje al mundo circense en su concepción más tradicional: los números acrobáticos y el arte de los payasos. Sin dejar de lado, eso sí, la poesía, imaginación, maravilla y esplendor que son marca de la casa.

Desde la valiente trapecista (un must) o las contorsionistas extremas (duele simplemente el mirarlas) hasta los sensacionales saltos con báscula, todo cabe en esta carpa montada repleta de sueños. Una sucesión de espectaculares y hermosos números acompañados por una impetuosa música en directo (con influencia desde el pop occidental o funk de los 70, a la música orquestral y las composiciones tradicionales indias) que hacen al respetable disfrutar como si fuera un grupo de niños de excursión. Como ese pequeño que, permanentemente en escena, asiste fascinado a este despliegue de imaginación esplendorosa y excesiva, el público asiste a momentos de excepcional belleza y poesía que conviven con las apariciones de los payasos. Y, aunque uno no sea muy fan de este tipo de personajes cómicos, hay que reconocer que estos hacen reir a mandíbula batiente. Incluso tienen algún guiño gamberro y maligno bastante hardcore, todo hay que decirlo, como esa alusión a la forma de tocar de la banda dependiendo de la sustancia que hayan consumido previamente… Todo lo suficientemente sutil para que no hiera la sensibilidad de algún espectador susceptible que ande por la carpa.

La risa juega al equilibrismo con la ternura. El miedo salta al vacío y deja paso a la carcajada. Y no se puede evitar abrir la boca como un infante de cinco años y sentir un inmenso vértigo al presenciar cómo un equilibrista se juega la vida sobre las sillas que va apilando peligrosamente. O gritar ante el espectacular número de la rueda de la muerte (en el que parece que los dos artistas se la van a pegar más de una vez). O aplaudir fervorosamente a los funambulistas españoles, los hermanos Quirós, en el doble alambre. Un carrusel de emociones que provocan miedo y maravilla, y que consigue un loable objetivo: sacar un poco a pasear a ese niño que llevamos dentro y que tantas veces intentamos esconder. Y, además de un show circense de primera categoría, homenaje al mayor espectáculo del mundo (parafraseando el título de aquella película de los 50), Kooza complementa la experiencia como un exótico derroche de imaginación de hermosísima factura, bellísimamente iluminado y con un vestuario fascinante y espectacular, que ya le gustaría a Tim Burton. Con unas influencias que van desde Alicia en el País de las Maravillas a Las aventuras del Barón de Munchaüsen, Mad Max o los guerreros de Xian.

Pasen y vean, señores y señoras. Y vuelvan a ser niños de nuevo por unas horas. La dualidad del ser humano, la oscuridad y la luz, la vida y la muerte se dan la mano en esta carpa tejida de fantasía para hacer las delicias de pequeños y mayores. Y cuando, el espectáculo acaba, los personajes se despiden de ese Inocente (como los de el Mago de Oz de despidieron de Dorothy). Y dejan al pequeño una cometa, que bien podría estar hecha de ese material del que están hechos los sueños. El niño ha hallado en su interior un universo complejo lleno de fantasía y emoción, de belleza y riesgo. Y su cometa puede, al fin, volar.

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CUANDO FUIMOS DOS, de Fernando J. López. Uno más uno no son dos.

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CRÍTICA

“Cuando fuimos dos”. El pasado ya lo dice todo. Cuando creíamos que nada ni nadie podría separarnos. Cuando después todo empezó a resquebrajarse. Y de dos, poco a poco y casi sin querer, se vuelve a ser uno más uno (o tal vez nunca se dejó de serlo). “Cuando fuimos dos” es un espectáculo que hace dudar de la aritmética emocional y que se puede ver en una nueva, cuidada y preparada sala de la capital: El Sol de York. Antes de nada comentar la valentía de abrir una sala en los tiempos que corren, y todos los buenos deseos y parabienes a esta sala que promete darnos muy buenos momentos de teatro.

Y ahora vamos al asunto: el espectáculo, un texto de Fernando J. López dirigido por Quino Falero (El manual de la Buena Esposa), que indaga en el intersticio del amor: esa hendidura o espacio que media entre dos cuerpos o entre dos partes de un mismo cuerpo. Esos dos que pueden llegar a ser uno solo. En este caso dos hombres (que bien podrían ser dos mujeres u hombre y mujer, en este caso el género es lo de menos) se encuentran en un espacio en tránsito, un espacio desmantelado, universo común de una relación: el piso que tienen que dejar, embalado en cajas y dispuesto para su reparto. A través de flash-backs iremos asistiendo a la evolución de la relación entre esta pareja y a su progresivo resquebrajamiento, envenenado por los celos, la promiscuidad y el egocentrismo. Felipe Andrés es Eloy, un escritor inseguro que conoce a César, David Tortosa (al que pudimos ver en Tick Tick Boom), un narcisista que disfruta de gustar y llevarse a la cama a todo lo que se le cruza casi de forma compulsiva. Algo por otra parte que muchos reconocerán (al igual que su obsesión por las redes sociales). Las diferencias unen y separan a estos dos personajes que nos mostrarán cara y cruz de unas escenas cotidianas en clave básicamente cómica, ante las que parte del público se sentirá como delante de un espejo.

La puesta en escena, con esa omnipresente cama y las cajas, la agradable banda sonora y la cálida iluminación nos acompañan a lo largo de esta relación de pareja, que el espectador siente tremendamente cercana. Todo el mundo (sea uno gay o no) ha pasado por alguno de sus momentos, y por eso funciona tan bien la obra. Los actores hacen próximos a sus personajes, sus dudas y sus miedos, y consiguen conectar con el público, que responde ante la propuesta. En definitiva, “Cuando fuimos dos” es una obra sincera y sencilla, agradable aunque agridulce, sobre esa cosa llamada amor (o necesidad, o dependencia) y lo complicado que es. Sobre la dificultad de ser dos, y no sólo uno más uno. Porque, aunque parezca mentira, a veces la aritmética (sobre todo en cuanto a tema sentimental se refiere) engaña. Y uno más uno no son dos.


SALA EL SOL DE YORK. MADRID


Web de la compañía: www.criacuervos.es

Web de la sala: www.elsoldeyork.com

DE NOCHE JUSTO ANTES DE LOS BOSQUES, de Bernard-Marie Koltès. Un grito en la oscuridad

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CRÍTICA

Un hombre resopla en la oscuridad. Corre, golpeándose contra todo, desesperado. Enciende un foco de obra. Está ensangrentado. Le han pegado una paliza y la sangre recorre su cuerpo. Este es el protagonista del monólogo “De noche justo antes de los bosques”, un texto extraordinario de Bernard-Marie Koltès que se puede ver en la recién inaugurada sala independiente El Sol de York, en versión de Juan Ceacero y Òscar Miranda, dirigida por éste y protagonizada por el primero.

“De noche justo antes de los bosques” es un espectáculo de los que remueven las entrañas y se agarran al alma. Un alegato poético/político/filosófico acerca de la soledad, la incomunicación y “el otro”. El protagonista, un inmigrante, aborda a un hombre (¿existe realmente?) en una noche de lluvia y oscuridad eternas que caen sobre él como una losa. Quiere hablar, tal vez encontrar un sitio donde descansar. Se agarra a esta conversación desesperada, agria y metafórica como último trayecto antes de la muerte. A través de su discurso descubrimos al inmigrante apaleado, al emigrante desesperado, a una chica que sólo es feliz en los puentes, a la prostituta loca que come tierra hasta la muerte en un cementerio… O a ese niño al que “su madre dio un sistema nervioso y abandonó bajo la lluvia“. Como a todos los demás. El texto de Koltès está impregnado de una amargura y dolor que traspasan la piel y empapan como la lluvia (“esta mierda de lluvia“) empapa las ropas de este ser solitario y marginal. Siempre es una buena noticia que pase por escena algo de Koltès (de quien hace poco pudimos ver su espectacular Combate de negro y de perros), ese artista marginado de vida truncada por el sida, homosexual, comprometido, con su teatro simbólico y político, profundamente poético que emociona y mueve a la reflexión a partes iguales. Y el grupo de teatro Work Group consiguen emocionar y trasladar a escena la compleja concepción del hecho teatral del autor.

Juan Ceacero realiza una labor absolutamente estremecedora en este dificilísimo monólogo para transmitir el marasmo de sensaciones y angustia de este paria de la tierra que imaginó el francés. Una labor titánica que con otra óptica interpretativa podría haberse desbocado pero que en sus manos nos conduce sobrecogedoramente, desde el grito hasta el susurro, a través de su mundo interior, denuncia de esta sociedad sin alma ni compasión. La fisicidad de la puesta en escena, además, regada por sangre y agua, manchada por la tierra y llena de hojas marchitas de periódicos aporta un componente muy interesante que conecta con el animal primario que llevamos dentro y nos sumerge en las palabras y los sentimientos de este ser. Una experiencia dura y dolorosa, pero que sin duda merece la pena. De noche justo antes de los bosques es un paseo en el que nos golpean el frío y la oscuridad, en el que acabamos calados, de forma desoladora, por la poesía y una profunda compasión hacia este “otro” que podríamos encontrar en cualquier lugar. Un hombre que, al fin y al cabo, sigue siendo un niño nervioso abandonado con la lluvia mojándole el alma.

 

SALA EL SOL DE YORK, MADRID

 

Web de la compañía: workgroupteatro.com/

Web de la sala: www.elsoldeyork.com/sy/

 

 

 

EL CAFÉ, de Rainer Werner Fassbinder. Trago amargo

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Para leer la crítica sobre el espectáculo El café que se representa en el Teatro de la Abadía de Madrid, remito a mi reseña publicada en la web de cultura NOTODO.COM, que se puede encontrar en este link.

El café, en el Teatro de la Abadía: Goldoni, Fassbinder y los problemas del dinero.

“Sólo cuando a un hombre le gusta jugarse a una carta su casa, su dinero, su felicidad, cuanto tiene, sólo entonces es un hombre de veras“, dice uno de los excéntricos personajes de este espectáculo, El café, obra de Carlo Goldoni que Rainer Werner Fassbinder reinterpretó y que el director inglés Dan Jemmet revisiona a su vez sobre las tablas de La Abadía. El café (la comedia del dinero) es un espectáculo inundado por el sonido de las máquinas tragaperras, las brillantes luces de la falsedad y el vacío de la crisis de valores contemporánea. Fassbinder, creador decisivo de la modernidad cinematográfica y teatral, autor radical empapado de desesperación, hastío, crítica y cinismo, impregna de amargura el alegre texto del italiano. Como dicen en el programa, aunque Fassbinder escribió su versión de la obra del maestro de la Commedia dell’Arte en la Alemania de los años 60, su crítica de una sociedad obsesionada con el dinero, el sexo y las apariencias a día de hoy resulta aún más oportuna que nunca.

El café es un proyecto arriesgado, casi suicida, al cual si uno se aproxima como si fuera un espectáculo de evasión cualquiera corre el peligro de acabar cabreado como una mona. Porque la propuesta, una decostrucción de la obra de Goldoni, se pasa por el forro el texto para erigir una crítica formal apuntada hacia el materialismo, la codicia y el ansia de unos personajes absolutamente demenciados e incomunicados. Un puñado de individuos cuyas vidas se entrelazan sin conectar en un casino y un café anexo. Durante el primer acto los actores no se dirigen la mirada y lanzan convulsivamente sus parlamentos a un público permanentemente al descubierto (ya que la iluminación general de la sala se mantiene prácticamente durante todo el espectáculo). El segundo se reduce a una coreografía con el texto proyectado sobre una pantalla a una velocidad que es imposible leer. Algo provocado (como comenta Tráppolo el viejo camarero en una genial intervención metateatral) por recortes presupuestarios del montaje. El tercer acto se desarrolla sin embargo plagado de eternos y abisales silencios entre los personajes, contrapunto de la histeria colectiva de los anteriores. La propuesta es estimulante y osada, pero tal vez imprudente e incierta, sobre todo porque la remuneración de los actores depende de los ingresos en taquilla. Y precisamente la intrahistoria de este montaje resulta de lo más curioso y está íntimamente relacionada con la propuesta, puesto que la situación económica hizo peligrar este proyecto y provocó su suspensión. “Considerando la difícil situación económica, profesional y artística en que nos dejaba esta cancelación, los actores planteamos al teatro una propuesta de viabilidad que consiste en arriesgar nuestro sueldo haciéndolo depender de los ingresos de taquilla”, decidieron valientemente los actores.

El espectáculo, si bien puede entusiasmar a algunos, sin duda es difícill. Podríamos decir que se trata más bien un ejercicio de experimentación (en el que por momentos uno tiene la impresión de que al director directamente se la suda el público). Y hay decisiones de dirección, como la extrema agitación de los personajes, los eternos silencios, la obsesiva reiteración convirtiendo a diferentes divisas las cantidades cada vez que alguien lanza una cifra (que no son pocas, precisamente), que pueden resultar desesperantes y hasta obvias en su planteamiento. Sin embargo hay otros elementos bastante acertados, como una sencilla escenografía (ocho máquinas tragaperras, ocho sillas de madera y una gramola) y un interesante vestuario (botas de cowboy, cueros, taconazos de plataforma, medallones sobre pechos descamisados…) que acompañan el desenfreno e inestabilidad de estos personajes. Que son interpretados por lo que sin duda es lo mejor de la función: un elenco totalmente entregado, maravilloso en su histrionismo, que se entrega en cuerpo y alma para dar cuerpo a este café. José Luis Alcobendas, Miguel Cubero, Lino Ferreira, Daniel Moreno, Lidia Otón y María Pastor realizan una labor francamente espléndida. Un trabajo arduo, por lo especial de la puesta en escena. Y que además va a tener que hacer de tripas corazón para enfrentarse función tras función a las caras de las señoras que vayan a la Abadía sin haberse informado en condiciones. Pero son tal vez un simpatético Jesús Barranco en el papel del camarero y una espectacular Lucía Quintana, en el de la esposa que va a recuperar a su marido fugado, los que se llevan el gato al agua. Dos personajes cuyas apariciones, divertidísimas en su agonía, logran provocar las mayores carcajadas entre el público.

El café es una espectáculo que provoca risas, desesperación, aburrimiento, reflexión y cinismo. Avisados estáis, porque es un café bastante amargo. Si queréis ver un espectáculo diferente, sin duda éste lo es. Y, aunque uno tenga sus dudas acerca del resultado final, merece la pena por la labor y el riesgo (en todos los sentidos) que corren unos actores decididos a jugar en esta máquina tragaperras. Cuando saben que está trucada por el dueño del casino. Ellos ya han hecho sus apuestas. Ahora os toca a vosotros. No va más

El café
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Nombre del montaje: El café (La comedia del dinero)

Disciplina: teatro contemporáneo

Director: Dan Jemmet

Autor: Carlo Goldoni

Adaptaci�n: Rainer Werner Fassbinder

Reparto: José Luis Alcobendas, Jesús Barranco, Miguel Cubero, Lino Ferreira, Daniel Moreno, Lidia Otón, María Pastor, Lucía Quintana

Traducción: Miguel Sáenz
Espacio escénico e iluminación: Dan Jemmett
Diseño de vestuario y ayudante de escenografía: Vanessa Actif
Ayudante de dirección: Andrea Delicado
Una producción de La Abadía, con la colaboración del Goethe-Institut Madrid

D�nde: Teatro de la Abadía

Direcci�n: Fernández de los Ríos, 42. Madrid

Hasta: 31.03

Horario: De miércoles a viernes 20h. Sábados 19 y 22h. Domingos 19h.

Precio: 24 €. Jueves día del espectador. Descuento especial para funciones hasta el 10.03

Venta de entradas: www.telentrada.com