EL PÚBLICO, una experiencia lorquiana en el Teatro Real

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Podéis encontrar mi reseña de la ópera El público que se acaba de estrenar en el Teatro Real, pinchando aquí, en la web de cultura de Notodo.com. Una espectáculo único y fascinante compuesta por Mauricio Sotelo y basada en la obra de Federico García Lorca que envuelve con su surrealismo al espectador.

BATAVIA, HISTORIA DE UN NAUFRAGIO, en el Teatro Lara

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CRÍTICA DE BATAVIA, HISTORIA DE UN NAUFRAGIO

Danzas a contracorriente. La posibilidad de decir “No”. Muerte, violencia y opresión. Esto es lo que nos ofrece Batavia, Historia de un naufragio, de la compañía RQR Teatro que se puede ver en el Teatro Lara de Madrid. La obra narra cómo un solo hombre, el omnipresente Jeronimus Cornelisz, se hizo con el control de una pequeña sociedad naufragada y acabó masacrando (siempre a través de otros) a más de 150 personas. Una historia real, que inspiró la novela El señor de las moscas de William Golding, y que ahora sirve de punto de partida para una obra sobre el desprecio al pueblo, la destrucción, el caos, la avaricia, la lujuria, y el germen de la maldad capaz de conducir al ser humano hasta su propia extinción, su propio naufragio, como afirman sus creadores.

Almudena Ocaña y David Barrocal firman la dramaturgia, que dirige éste último. Una arriesgada puesta en escena, tanto por la decisión de no dar un momento de respiro al espectador como por la propuesta, consistente en narrar los hechos en escenas independientes en orden inverso (cronológicamente hablando). Una especie de Irreversible teatral trufado de micropiezas de danza que ejercen de transiciones al son de una muy potente banda sonora compuesta por Jordi Ballarín. Los elementos de la puesta en escena son minimalistas, con apenas unos objetos de atrezzo. Basándose en un ciclorama (de ésos a los que Bob Wilson es tan adicto) que deja a los personajes a contraluz, como siluetas despojadas de individualidad, potenciando el aspecto estético del montaje.

El texto es duro y sin concesiones al humor o el descanso. Cierto es que puede haber algunos a los que el exceso dramático pueda insensibilizar. Pero también hay momentos de indudable fuerza y aliento trágico. Y en cuanto a las interpretaciones, un entregado elenco se vuelca en escena. Destacando al potente Samad Madkouri. Y otros momentos que enganchan, como el alucinado monólogo de Judick, la mujer del cura interpretada por Nuria Landete. O el intenso monólogo de Lucrecia, defendido por Ruth Carreras a la luz de una simple llama, que pone los pelos de punta. Una actriz que cada vez que aparece en la función resulta fascinante, inundando la escena con una presencia, verdad y capacidad dramática a tener muy en cuenta.

Batavia es un intenso naufragio que no dejará indiferente a nadie. Las olas han llegado a la sala principal del teatro Lara. Ya sabéis: los miércoles a las 22h.

M.G.

FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

Elenco: Samad Madkouri, Ruth Carreras, Iñaki Díez, Nuria Landete, Juan Carlos Reina y Rodrigo Ramírez.
Dirección: David Barrocal
Dramaturgia: David Barrocal y Almudena Ocaña
Iluminación: Ariel D. Zeitunlian
Música: Jordi Ballarín
Escenografía: David Barrocal y Román Barrocal
Vestuario y documentación: Alba Toajas
Figurines: Alexis Valda
Costurera: Yaneth Soler
Coreografías: Raquel Carrillo
Maquillaje: Lilian Barba
Producción: Nuria Landete

NOVECENTO, con Miguel Rellán

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(Esta crítica fue sido publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de Novecento, dirigida por Raúl Fuertes, en el Teatro Español de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo. Ahora se puede seguir disfrutando de este monólogo con un gran Miguel Rellán en la Sala Tú)

NOVECENTO. Inmenso Rellán.
Crítica por Miguel Gabaldón

“No estás realmente jodido mientras tengas una buena historia y alguien a quien contársela”, decía Novecento, el personaje alrededor del cual gira el monólogo de Alessandro Baricco interpretado por el gran Miguel Rellán en la sala pequeña del Español. A algunos les parecerá una buena historia y a otros no tanto, pero una cosa está clara: que Rellán no está (ni estará nunca) jodido, más bien todo lo contrario.

Raúl Fuertes dirige de forma invisible a más no poder el monólogo teatral del autor de la celebrada Seda. Y no se puede imaginar mejor actor que Miguel Rellán para poner voz y piel al trompetista que cuenta la historia de su mejor amigo, Danny Boodmann T.D. Lemon Novecento, el mejor pianista que había en el océano. El relato es una fábula que se podría tachar de simple (aunque el mensaje es bastante menos obvio y cargante que las moralejas de, por ejemplo, un Paulo Coelho cualquiera) pero que en manos de Rellán se convierte en una pequeña joyita llena de ternura con la que resulta francamente difícil no echar más de un suspiro (e incluso alguna lagrimica los más sensibles). El actor se enfrenta a este reto a cuerpo descubierto, sin ningún tipo de escenografía, envoltorio sonoro o intento estético para vestir sus palabras. Sólo un traje mal planchado y una corbata torcida. El intérprete y sus palabras (y parcos movimientos) nos trasladan a un mundo de músicas inimaginables entre las olas como sólo el mejor de los Cuentacuentos podría hacerlo. Rellán pone de relieve su bagaje actoral y llena de verdad todas y cada una de sus frases. Cuánta humanidad transmite este hombre y con qué sencillez lo hace todo. Maravilla.

Novecento es una historia sencilla acerca de la amistad y el pavor a enfrentarse a la vida real y las simples elecciones del día a día. La presencia del director, además de en la dirección de Rellán, sólo se advierte en el diseño de iluminación (algo que a algunos les parecerá pobre, pero que a mí particularmente me parece casi arriesgado). Una luz general que casi imperceptiblemente va disminuyendo hasta quedar en penumbra, como el protagonista y su amigo Novecento en esa sala de máquinas del crucero, ese útero gigante del cual el pianista no quiere salir. Las luces se apagan y sólo queda la tremenda humanidad de Rellán inundando la sala como las olas de ese omnipresente océano. Sin duda algo fantástico lo que ha conseguido: una oda a la palabra pura que consigue llenar de sensaciones e imágenes nuestra mente. Y después, uno tiene que salir de nuevo a la vida real y a tomar sus propias decisiones sin la cálida voz de este gran narrador para guiarle. “Es dinamita lo que tienes debajo del culo, hermano. Levántate y vete. Se acabó. En serio: esta vez se acabó.”

M.G.

LLUVIA CONSTANTE, de Keith Huff

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(Esta crítica ha sido publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de Lluvia constante, dirigida por David Serrano, en los Teatros del Canal de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

LLUVIA CONSTANTE. Puñetazos escénicos.
Crítica por Miguel Gabaldón.

La lluvia moja. Y mantenerse hora y media bajo ella (aunque sea dentro de un teatro) te cala hasta el alma. Sobre todo con un texto sólido como una roca y dos monstruos en escena. Y es que eso es Lluvia constante, un texto de Keith Huff (muy bien adaptado por David Serrano) que se puede ver en los Teatros del Canal. Lluvia constante tiene olor a película de Scorsese, a teatro clásico, drama de enjundia y a humedad. Serrano ha optado por un montaje minimalista (con un eficaz diseño de iluminación) para contarnos la historia de Rodo y Dani, dos amigos de la infancia y compañeros policías. Dani es un hombre brusco y algo animal pero noblote, que daría su vida por su familia (“Hay algo en la sangre que va más allá de toda lógica”). Rodo es un ex alcohólico (aunque bastante cabal) al que Dani ha acogido bajo su pétrea ala desde que eran niños. En un par de días una serie de acontecimientos les cambiarán para siempre.

Lluvia constante tiene un inconfundible sabor americano (sobre todo porque estamos acostumbrados a esos estereotipos en las películas estadounidenses, además de que los tiroteos gracias a dios aquí no son demasiado normales). Pero sus conflictos, y esa violencia y depresión que se respiran en la narración, lamentablemente podrían nacer en los barrios deprimidos de muchos otros países. El texto consigue mantener la atención en todo momento, estructurado como si los protagonistas estuvieran narrando al público de la sala de forma directa esta historia acerca de la amistad, la familia, la lealtad y los límites de la moralidad. Y la inconmensurable labor de sus dos intérpretes lo hacen llegar desde la primera hasta la última fila del teatro.

Roberto Álamo
consigue una interpretación de premio con su agotador y pétreo Daniel. Impresionante cómo se mete este gigante en la piel de este su personaje, logrando una simbiosis absoluta con una verdad y humanidad descomunales. Es, sencillamente, acojonante (lo siento, pero no hay otra palabra para expresarlo). Y Sergio Peris-Mencheta no le va a la zaga. Su Rodo es un prodigio de autenticidad y establece una conexión con su compañero brutal. Es un placer poder ver en escena unas interpretaciones tan emocionantes y entregadas como éstas. En definitiva, Lluvia constante, gracias un texto sin fisuras y unas interpretaciones de ésas para el recuerdo, acaba por ser un espectáculo sólido y redondo mucho más que recomendable. Un puñetazo en la boca del estómago, thriller oscuro y húmedo que dispara de forma certera haciendo blanco en pleno corazón.

M.G.

EL HIJO DE LA NOVIA, en el Teatro Bellas Artes

Estanque Teatros

(Esta crítica ha sido publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de El hijo de la novia, la adaptaciónd e la película de Campanella, en el Teatro Bellas Artes de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

EL HIJO DE LA NOVIA. Hijastro.
Crítica por Miguel Gabaldón

Todo el mundo recuerda la película El hijo de la novia, el blockbuster argentino, tierno y divertido que narraba la historia de un hombre algo amargado (interpretado por Ricardo Darín) dueño de un restaurante y de la decisión de su padre (Héctor Alterio) de casarse por la Iglesia con su madre, enferma de alzhéimer (Norma Aleandro). Pues bien, se acaba de estrenar, en el Teatro Bellas Artes de Madrid el remake escénico de la película de Juan José Campanella. Se han reducido, evidentemente, personajes. Y los espacios también, dejando como único escenario el restaurante del protagonista. Aunque hay algunos cambios más. Ahora su novia (interpretada en la película por Natalia Verbeke), trabaja de camarera en el restaurante de Rafael porque no encuentra curro. Y la verdad es que el ambiente del corralito en el que se ubicaba aquella historia argentina se traslada sin problemas a una España en crisis con más que ver con esa Argentina que nunca. Una historia para olvidar las penas y creer en la fuerza del amor y esas cosas.

Pero el caso es que la adaptación de la directora Garbi Losada (responsable de otras versiones escénicas como la de El nombre de la Rosa) no llega a aprovechar todo el potencial de la historia original. Lo primero, por una clásica puesta en escena bastante plana que no llega a enganchar. Con algunos fallos que hacen que uno no se meta en la historia. El escenario, de intención absolutamente naturalista, aparte de ser un poco soso, permanece inalterable desde el principio hasta cinco minutos antes del final de la función. Algo que no tendría por qué molestar, pero es que tampoco se identifica demasiado bien qué estancia es esta exactamente. ¿Qué es eso? ¿Una habitación donde vive el protagonista anexa al restaurante? ¿Pero por qué tiene dos mesas con manteles? ¿O por qué no hay clientes allí si forma parte del restaurante? ¿Y por qué pasan por allí para llevar los platos? ¿Es una salita sin oficio ni beneficio? Preguntas absurdas, pero si uno se las plantea durante un rato, es que hay algo que no funciona. Por ejemplo ese ritmo frenético de ritmo de trabajo hostelero que se pretende transmitir en muchas de las escenas no se llega a percibir ni de lejos (por mucho que corran la pobre novia y el chef).

Y es que interpretaciones tampoco llegan a sacar todo el jugo de los bombones de personajes que tienen. En general faltan colores y un juego de registros mucho más rico para llegar conmover y dotar de profundidad a los caracteres. En el caso del protagonista, el Rafael de Juanjo Artero no llega a evolucionar ni mostrar nada más aparte de quedarse en un tipo simpático durante toda la función, desapareciendo así una profundidad que sí tiene su personaje. Aparte de que la falta de muestras de cariño de la pareja que hace con la Nati de Sara Cozar provoca que no sea creíble esa relación. Por su parte, el Juan Carlos de Mikel Laskurain es algo excesivo, pero la verdad es que acaba funcionando. Lo mejor de la función son los veteranos, desde luego. El enamorado Nino Belvedere de Álvaro de Luna (que se luce en la escena de las llamadas) y la Norma de Tina Sáinz, que consigue plantar cara a la de la inmensa Norma Aleandro del original. A ver, la función no es un desastre en absoluto, entretiene y sigue siendo tierna, porque la historia es la que es y toca la fibra sensible. Pero no llega a aprovechar todo su potencial y es una pena teniendo en cuenta el material original. Es lo bueno y lo también lo malo (que las comparaciones son odiosas) de partir de un referente conocido. Así que “aquí se acaba la ceremonia”. Sin apenas lágrimas de emoción. Y eso, en una boda, es casi inadmisible.

M.G.

LA PLAZA DEL DIAMANTE, con Lolita Flores

pzadiamante_fotosergioparra_03(Esta crítica ha sido publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de La plaza del Diamante, dirigida por Joan Ollé, en el Teatro Español de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

LA PLAZA DEL DIAMANTE. Lolita y La Colometa.
Crítica por Miguel Gabaldón

Luces de verbena caen del cielo a un suelo de madera entre cuyos tablones crecen las hierbas. Un banco carcomido por el tiempo. Y Lolita sentada en él durante una hora y cuarto. Una hora y cuarto en la que se mete en la piel de la Colometa de Mercè Rodoreda. La Colometa protagonista de La plaza del Diamante, tal vez la novela más importante de las letras catalanas, que ahora se presenta en versión monólogo teatral en la Sala Pequeña del Español dirigida por Joan Ollé. Una apuesta, a tenor tanto de las opiniones de la crítica como de la afluencia de público, absolutamente ganadora. La prensa se ha rendido a los pies de una Lolita en estado de gracia y el público abarrota la sala.

Dicho esto, el espectáculo dirigido por Joan Ollé no me ha llegado. Puede ser el día (mío o de Lolita), la adaptación, la puesta en escena o todo junto. Pero el caso es que no me llegué a sumergir en la historia de esta mujer que va a donde le lleven las olas en esa Barcelona de la posguerra. Y no es que le tenga especial alergia a este tipo de historias (desde luego los que piensen “ya estamos otra vez con la Guerra Civil” que huyan como de la peste de la plaza de Santa Ana). Pero la emoción descrita en la mayoría de las crónicas que se ha publicado (he investigado para contrastar) no llegó. Y tengo que decir que tampoco vi ninguna lágrima en los ojillos de los espectadores (de edad provecta la mayoría, con lo cual público objetivo) a la salida de la función a la que yo acudí. Y eso que yo soy llorón e iba predispuesto. Eso sí, no se puede negar que Lolita desprende una humanidad enorme, tremenda, y su sonrisa y recatado gesto te ganan sin remedio, levantando de forma magnífica un personaje que no tiene nada que ver con ella. Pero su historia no me llegó como me esperaba. Personalmente, la propuesta escénica de Ollé (dejando aparte el precioso y sencillo decorado y la delicada iluminación apoyada por esas bombillas de colores) me resulta tal vez en exceso estática. Abusando de la música (por otro lado hermosa y ensoñadora, una cosa no quita la otra) de una forma reiterativa y algo aleatoria.

Es una función difícil, cada día es un mundo, así que no dudo que en otras funciones la Colometa llegue hasta el cielo y más allá. Desde luego Lolita ha demostrado que es una actriz como la copa de un pino y se avista que ha conseguido dotar a su personaje de un alma que no le cabe en el pecho. Incluso a pesar de una complicadísima propuesta para un intérprete, como es el hecho de que no se mueva ni un ápice (a excepción de cinco segundos en los que se levanta, respirando uno entonces aliviado porque la pobre mujer puede estirar las piernas). Pero, y vuelvo a repetir que seguramente es una excepción, en esta función el vuelo de la Colometa quedó más rasante de lo que me esperaba.

M.G.

QUE VAYA BONITO, de Jorge-Yamam Serrano

cartel6-770x1077QUE VAYA BONITO. Fiesta teatral.
Crítica por Miguel Gabaldón.

Ojalá que te vaya bonito, ojalá que se acaben tus penas… No hay butacas. No hay sillas. Pero hay globos. Y sangría. No hay un escenario al uso. Hay una sala de fiestas. Que puede ser una azotea (como en su estreno en Barcelona) o la sala Off del Teatro Lara, como en este caso. Y es que en este espacio se mezclan los actores y los espectadores de Que vaya bonito, un espectáculo de Teatro de Cerca escrito y dirigido por Jorge-Yamam Serrano y finalista a los Premios Max que consigue introducir al espectador en la fiesta de despedida del protagonista, interpretado por el propio Jorge-Yamam Serrano, que parte para México con su novia en busca de una vida mejor. Pero aquí deja otra vida y, sobre todo, deja sus hermanos, personajes en manos de los actores Jorge Cabrera y Carmen Flores.

Que vaya bonito es un montaje cuyo mayor mérito es la cercanía, tanto física como emocional, de las peripecias de sus protagonistas. La narración oscila entre el drama familiar y la comedia centrándose en los conflictos de estos tres hermanos. El texto juega hábilmente con la naturalidad de la situación. Y los actores hacen creíbles, cercanos también y emocionantes sus pequeñas grandes historias. La trama no es nada complicado ni nuevo, pero la forma de ponerla en pie (y nunca mejor dicho porque todos, espectadores y actores, están en pie durante la obra entera, con lo cual si uno etá cansado tendrá que sentarse en algún rinconcillo del suelo, como es de rigor en cualquier fiesta) es original y se anota un tanto para hacer sentir esta fiesta como una celebración en verdad. Con bebida, ganchitos, música y trapos sucios familiares incluidos. Posee además un muy acertado equilibrio entre la emoción (porque los problemas de estos personajes tocan muy de cerca) y la risa (el momento en el que salen al exterior de la sala es genial). La puesta en escena aprovecha al máximo el espacio de la sala y los actores disfrutan mezclándose e interactuando con el público, que se entrega sin problema a este juego escénico tan fresco.

En definitiva, Que vaya bonito es un espectáculo original en su puesta en escena y sencillo en cuanto a su historia, dinámico y recomendable para pasar una noche agradable. Una fiesta que, entre trago y trago de sangría, deja buen sabor de boca. Así que, parafraseando a Chavela Vargas: Ojalá que les vaya muy bonito…

M.G.

 

Ficha artística

Dirección y dramaturgia: Jorge-Yamam Serrano
Ay. dirección: Nico Aguerre, Cristina Gámiz
Constelaciones creativas: Quique Culebras
Intérpretes: Jorge Cabrera, Carmen Flores, Jorge-Yamam Serrano
Música: Jorge Cabrera

Colaboradores FiraTàrrega: Astrid Corral, Laura Barba, Paco Romero
Covers: Laura Alejandro, Pedro Herreros, Adriá Olay, Eduardo Telletxea.

Producción: TeatrodeCERCA – FIRATÀRREGA