DRIVING MISS DAISY, con Vanessa Redgrave y James Earl Jones. Mitos en escena



CRÍTICA

Buceando en Internet me he cruzado con una imagen de Vanessa Redgrave (que me parece una actriz absolutamente impresionante), e inmediatamente me he acordado del montaje de “Driving Miss Daisy (paseando a Miss Daisy)”, que pude ver el año pasado en Broadway, que ella protagonizó (después pasó por el West End londinense y este otoño empezará la gira americana).  Junto a esta brutal y mítica actriz inglesa, James Earl Jones, conocidísimo actor y famoso entre otras cosas porque suya es la voz de Darth Vader (en su versión original, claro, aquí forever Constantino Romero in our hearts). El caso es que fue una gozada poder ver a dos actores de esta talla sobre un escenario. Últimos titanes de una generación que han interpretado casi todos los papeles posibles en cine y teatro, de una experiencia y presencia escénica absolutamente brutales. Y que hacían este texto de Alfred Uhry (que fue llevada al cine con Jessica Tandy y Morgan Freeman), a pesar de no ser un Shakespeare o un Chèjov (y tener algo de exceso de azúcar en algunos momentos), un espectáculo obligatorio para los amantes del teatro.

La historia, para quien no la conozca: el hijo de la protagonista (interpretado por Boyd Gaines), decide que su madre ya está mayor para conducir (algún accidente que otro ha tenido, pero ella es demasiado orgullosa como para reconocerlo). Así que decide contratar a un chófer. Ella tiene 72 años pero él chófer tampoco es un jovencito. Ambos entablarán una entrañable y divertida relación de amor-odio (con múltiples insultos por el camino) que acabará en una de las más tiernas historias de amistad y compañerismo.

David Esbjiornson dirigió el espectáculo, con una puesta en escena sencilla pero atmosférica. Una escalera en el medio del escenario para ambientar la casa. Una plataforma giratoria que con un banco encima simula el coche. Algunos elementos de atrezzo, una mesa y poco más. Una iluminación que generaba unas imágenes floridas en las paredes con manchas del escenario y una música de época para ambientar los cambios de escena (la historia transcurre durante varios años), aparte de un acertado vestuario, eran el resto de elementos. Tal vez era un escenario en exceso minimalista para esta historia, que lo mismo pedía otra cosa, no tanta desnudez. Yo me sorprendí al verlo, la verdad.

Pero es que los protagonistas absolutos eran sin duda estos dos monstruos de la escena: Vanessa Redgrave y James Earl Jones. Los dos con una caracterizaciones marcadísimas (se nota que son de la vieja escuela) pero absolutamente memorables. El carácter cínico e irónico y orgulloso de la protagonista (como de una mujer hecha a sí misma) tiene que chocar con el tierno pero fuerte chófer desde el principio hasta el final, pero al mismo tiempo debe transmitirse ese cariño infinito que se van cogiendo el uno al otro (muy a su pesar). Y la verdad es que la evolución se mascaba. La energía de ambos además (y tienen sus añitos, ella 75 y él 81, ahí es nada) es espectacular. El desparpajo de Vanessa Redgrave en su personaje era absolutamente delicioso. Y Earl Jones tenía un trabajo de voz brutal (y es que además tiene una voz portentosa, de las más potentes que he oído). Un acento cerrado hasta decir basta, que hacía difícil incluso en ocasiones entenderle, pero funcionaba de forma espectacular para crear la imagen de este chófer negro, de origen humilde pero con un corazón gigante que se gana a la dura Miss Daisy. El final, con Miss Daisy ya senil, es de las imágenes más tiernas que he visto en escena.

Sólo por ver a estos dos pedazo de mitos ya merecía la pena dejarse conducir a través de las carreteras de esta sencilla pero emotiva historia. Hubiera preferido verles tal vez en otro texto de mayor calado, también es verdad, pero no se puede tener todo en esta vida, no?


Foto: Annabel Clark

 


FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

By Alfred Uhry; directed by David Esbjornson; sets by John Lee Beatty; costumes by Jane Greenwood; lighting by Peter Kaczorowski; projections by Wendall K. Harrington; music by Mark Bennett; sound by Christopher Cronin; technical supervisor, Larry Morley. Presented by Jed Bernstein, Adam Zotovich, Elizabeth Ireland McCann, Roger Berlind, Beth Kloiber, Albert Nocciolino, Jon B. Platt, Stylesfour Productions, Ruth Hendel/Shawn Emamjomeh, Larry Hirschhorn/Spring Sirkin, Carl Moellenberg/Wendy Federman and Daryl Roth/Jane Bergère, in association with Michael Filerman. At the Golden Theater, 252 West 45th Street, Manhattan; (212) 239-6200; telecharge.com. Through Jan. 29 2011. Running time: 1 hour 30 minutes.

WITH: James Earl Jones (Hoke Coleburn), Vanessa Redgrave (Daisy Werthan) and Boyd Gaines (Boolie Werthan).
Página web de espectáculo: www.daisyonbroadway.com/

 


TRAICIÓN, de Harold Pinter. Disección de un adulterio

 

CRÍTICA

Traición es uno de los textos más representados de Harold Pinter. Su historia, su estructura, son extrañamente atrayentes. Un estudio sobre las relaciones, la amistad, el fin del amor, el adulterio y los celos. Un ejercicio de estilo teatral con tres personajes: dos amigos y la mujer de uno de ellos (y a la vez amante del otro). Un triángulo amoroso que se nos muestra en escenas independientes a lo largo de siete años. Pero lo interesante además es que la acción de la obra sucede en sentido inverso al cronólogico, comenzando por el final (un reencuentro entre los amantes que ya han roto) y terminando por el principio (su primer encuentro), lo que resulta francamente interesante (ejemplos en cine como Memento o Irreversible dan cuanta de lo efectivo de esta estructura).

La puesta en escena de María Fernández Ache que pudimos ver de nuevo en el Teatro Galileo hace poco (y antes en el Español) es sencilla. Los tres personajes continuamente en escena. Cuando llega su turno actúan, y cuando no, se mantienen en un extremo del escenario, al lado de un proyector que sirve para el cambio de escena proyectando el año en cuestión. Y al lado también de unas estanterías en las que se van almacenando los elementos de atrezzo que utilizan los actores y que guardan ellos mismos. Una caja para cada escena. Una caja cerrada, para todo aquello que ya ha pasado (o que sucederá). Una cama omnipresente al otro extremo y poco más, es el decorado. Porque lo fundamental es el texto y las actuaciones.

Todos elaboran un trabajo muy contenido, más frío y cerebral que apasionado, que potencia ese distanciamiento tan pinteriano. Cecilia Solaguren es el eje sobre el que pivotan los dos personajes masculinos. Una mujer que cae en los brazos del mejor amigo de su marido y que mantiene esta relación paralela durante años. Alberto San Juan es el amigo/amante. Tal vez el más cálido de los tres (aunque él y Solaguren están a la par). Y el inglés Will Keen realiza un inquietante trabajo como el marido y amigo traicionado. Su interpretación tal vez es la más llamativa, por lo curiosa, ya que está plagada de silencios incómodos. Y alarga las sílabas de una forma extraña que, sin embargo, funciona. De lo mejor de la función, la comida con San Juan en la que ya sabe de su traición. Absolutamente memorable.

Aunque la puesta en escena no llega a ser redonda (algunos tramos son tal vez excesivamente lentos) Traición es un ejemplo perfecto del poder de la dramaturgia de Pinter y de cómo sabe bucear en la intimidad del ser humano con un distanciamiento total. Como un entomólogo analiza sus insectos. Precisamente este distanciamiento brechtiano es el que hace que la reflexión se realice con el cerebro y no con el corazón, lo que provoca que sea más doloroso este juego que vemos sobre escena. Resultando así inevitable el pensar qué haríamos nosotros en esa situación. Si no se ha vivido ya, claro.

FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

Traducción, versión y dirección

María Fernández Ache

Con

Will Keen
Alberto San Juan
Cecilia Solaguren

Ficha artística

Escenografía y vestuario Ikerne Giménez
Sonido Mariano García
Iluminación Marino Zabaleta
Fotografía y diseño Javier Naval

Una producción de Asamblea de Traidores

 

FORESTS, de Calixto Bieito. Sueños febriles en un bosque shakespeariano

 

All the world’s a stage,
And all the men and women merely players;
They have their exits and their entrances,
And one man in his time plays many parts,
His acts being seven ages. At first, the infant,
Mewling and puking in the nurse’s arms.
Then the whining schoolboy, with his satchel
And shining morning face, creeping like snail
Unwillingly to school. And then the lover,
Sighing like furnace, with a woeful ballad
Made to his mistress’ eyebrow. Then a soldier,
Full of strange oaths and bearded like the pard,
Jealous in honour, sudden and quick in quarrel,
Seeking the bubble reputation
Even in the canon’s mouth. And then the justice,
In fair round belly with good capon lined,
With eyes severe and beard of formal cut,
Full of wise saws and modern instances;
And so he plays his part. The sixth age shifts
Into the lean and slippered pantaloon*
With spectacles on nose and pouch on side;
His youthful hose, well saved, a world too wide
For his shrunk shank, and his big manly voice,
Turning again toward childish treble, pipes
And whistles in his sound. Last scene of all,
That ends this strange eventful history,
Is second childishness and mere oblivion,
Sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything.

“… Todo el mundo es un teatro,y todos los hombres y mujeres meramente actores.
Tienen sus salidas y sus entradas, y un solo hombre en su tiempo hace muchos papeles, y sus actos son siete edades.
Al principio, el niño, berreando y vomitando en brazos de la nodriza.
Después el quejumbroso escolar, con la mochila y el brillante rostro matutino, arrastrándose como un caracol de mala gana hacia la escuela.
Y después el amante, suspirando como un horno, con una dolorosa balada hecha a las cejas de su amada.
Después un soldado, lleno de extraños juramentos, y barbado como el leopardo, celoso en el honor, brusco e impetuoso en la reyerta, busca la burbuja de la fama en la boca misma del cañón.
Y después el magistrado, con su linda barriga redonda de buenos capones rellena, con ojos severos y barba bién recortada, lleno de sabios refranes y ejemplos presentes, y así hace su papel.
La sexta edad cambia al blando pantalón con pantuflas, con gafas en la nariz y la faltriquera al lado, con los calzones de su juventud bien guardados, anchos como el mundo para sus encogidas zancas, y su gran voz viril volviendo de nuevo hacia el tiple pueril, con gaitas y pitos en su sonido.Última escena de todas, que termina esta extraña y movida historia, Es la segunda infancia y el mero olvido, sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada…”

CRÍTICA

Este discurso de Jacques en “Como gustéis (As you like it)” sobre las siete edades del hombre es la pieza central de Forests del enfant terrible Calixto Bieito. Obra que podemos ver en el ciclo Una mirada al mundo del CDN en el Teatro Valle-Inclán. Un viaje por los bosques shakesperianos sin hilo argumental, sólo parlamentos bilingües en inglés y catalán en un ejercicio poético/telúrico que nos lleva por un dantesco recorrido a través del paraíso, el purgatorio y el infierno.

Seis actores y una cantante para transmitir sensaciones, cuadros y estremecimientos que pueden gustar o no, pero no hay duda de que su potencia tienen. El espectáculo comienza como una liberación, un juego total de los actores, en el bosque de Arden. Los actores ríen, corren, gritan, juegan a la comba… Bieito ha sabido cómo hacer para transmitir una alegría y libertad que pocas veces he visto sobre escena de esta manera. Aunque después todo irá oscureciéndose. El primer asesinato del hombre (un ciervo, personificado en un perro de peluche que lleva en brazos continuamente Josep Maria Pou) desatará la caja de los truenos y sangre, violaciones y muerte llenarán el escenario. Hasta que de nuevo se acaba de forma luminosa, aunque sea con algo tan oscuro como quitar hierro al espinoso asunto de la muerte. Desde Hamlet a Macbeth, pasando por Enrique VI, El Rey Lear, Timón de Atenas o los sonetos, todo tiene cabida en este bosque construido por Bieito y el encargado de la dramaturgia, Marc Rosich.

La escenografía, de paredes lisas y refulgentes con un árbol en mitad del escenario, se transforma con un diseño de iluminación tremendo que ayuda a crear unos cuadros a través de los que se mueven los personajes. Además hay una fisicidad impresionante en cada movimiento, especialmente a partir de un momento en el que los personajes desgarran la cubierta de la base del árbol, desparramándose la oscura tierra de su interior por todos sitios. Una tierra por la que luego se arrastrarán hasta decir basta, y que conforma un espacio diferente en cada representación. Como por lo visto son diferentes las actuaciones, ya que tienen unos textos cerradísimos pero no una pauta narrativa, algo muy interesante, ya que cada espectador tiene así su propia versión de los hechos sobre la escena.

Todo además está potentemente unido a la especialísima música de Maika Makovski (que ya colaboró con Bieito en uno de sus últimos montajes, Desaparecer), que ha musicado también como hiciera con Poe las letras del Bardo de Avon. Y que además interactúa con el resto de intérpretes como una más (y qué bien se le da todo, por cierto). En cuanto al resto, la conjunción anglo-catalano funciona perfectamente bien. Josep Maria Pou hace una interpretación soberbia de sus textos, en la figura de una especie de fool, un bufón ambulante, con pinta de loco naif agarrado en todo momento a su perrito de peluche. Roser Cami sufre de lo lindo (incluso la grapan a la pared y después la desnudan para simular una especie de violación), y tiene un monólogo impresionante que pone la piel de gallina. Hayley Carmichael es simplemente maravillosa y desarma su naturalidad, fragilidad e inocencia. George Costigan tiene tremendas tablas y su momento estelar son esas Siete edades del hombre. Christopher Simpson defiende bien su trabajo (y corre además a una velocidad tremenda con tacones, lo que no debe ser nada fácil) y Katy Stephen impresiona, sobre todo en la parte final de la obra (en la que por ejemplo decide asfixiar a Makovski con una bolsa de plástico).

Como veis, es bastante especial el asunto, así que desde luego no es para todos los gustos. Pero sin duda, y aunque Bieito caiga por momentos en sus propias trampas, es un espectáculo indudablemente interesante. Una selva de sensaciones en la que en ocasiones te pierdes porque las ramas no dejan ver el bosque. Pero increíblemente sugestivo (como una alucinación febril) ya que, como decía uno de los actores en un coloquio después de la función, posee la lógica de los sueños.

 

Foto: Tristram Kenton

 

FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

Autor: A partir de textos de William Shakespeare
Dramaturgia: Marc Rosich y Calixto Bieito
Música original: Maika Makovsky
Escenografía: Rebecca Ringst
Dirección: Calixto Bieito
Producción: BIT y Birmingham Repertory Theatre Company con la colaboración de la Royal Shakespeare Company, el Festival Temporada Alta, el Centro Dramático Nacional, el Barbican Center for the Arts de Londres y el Stadsschouwburg Amsterdam. Con el apoyo del Institut Ramon Llull.

 

CINCO HORAS CON MARIO, con Natalia Millán. La nueva y perfecta viuda de Mario

 

CRÍTICA

Rogad a Dios en caridad por el alma de D. Mario Díez Collado. Una esquela gigante se proyecta en el escenario, mientras las condolencias por el más famoso (y ausente) Mario de la literatura española se suceden en off. Entonces aparece por fin Carmen Sotillo, uno de los grandes personajes femeninos del teatro patrio y la protagonista absoluta de “Cinco horas con Mario”, que vuelve a Madrid, al Teatro Arlquín, después de girar por la península. Y el mayor reclamo de esta nueva adaptación era que la mítica obra de Delibes cambia de protagonista: Lola Herrera abandona su personaje (quieras que no, los años no pasan en balde) para darle el relevo a Natalia Millán. Y la antigua profesora de UPA y protagonista de musicalazos como Cabaret y Chicago aprueba el reto. Y con matrícula.

La puesta en escena de la directora Josefina Molina deja todo el protagonismo al texto y la interpretación, como no podía ser de otra forma. Una actriz maravillosa que recita de forma perfecta el monólogo de esta viuda que decide pasar la noche velando el cuerpo de su marido. La intimidad que transmite esta puesta en escena además ayuda sobremanera a transmitir lo que quiere el espectáculo. Esta viuda es un ejemplo de mujer reprimida que (sin proponérselo pero sin poder evitarlo) ha amargado la existencia de su marido. Pobre Mario, piensas durante toda la obra. El texto sigue siendo una maravilla, con frases antológicas que provocan la risa aunque uno intente evitarlo. Porque no hay nada más cómico que alguien que suelte barbaridades con un rictus completamente adusto y se lo crea a pies juntillas. Y Natalia Millán, con sus gestos y su voz, hace suyo este antológico personaje del teatro español de forma magnífica. Sus anacronismos, intolerancia y paradojas. Su dogmatismo absurdo y su ignorancia. Una mujer producto de una época que todavía sigue vigente en muchos estratos de nuestra sociedad. Aunque toda cara tiene su cruz, y así el relato transita por una vertiente cómico-amarga que deja momentos emocionantes y conmueve, provoca la sonrisa y también hace reflexionar al espectador. Para eso es un clásico.

Sin duda merece la pena ver a esta Carmen Sotillo con el cuerpo de una Natalia Millán impresionante, además tremendamente elegante y sensual en su represión y luto. Una mujer que no puede evitar soltar una risilla cuando se acuerda de los piropos que le lanzan por la calle (a pesar de estar su marido de cuerpo presente). Una interpretación contenida que crece y crece mientras avanza la obra, de ésas para el recuerdo, y que deja al patio de butacas con la boca abierta después de más de hora y media sola y requetesola en el escenario. Grande Delibes (eso ya lo sabíamos), pero grande también, muy grande, la Millán.

FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

Reparto
Mª del Carmen Sotillo:  Natalia Millán

Adaptación teatral Miguel Delibes
Josefina Molina
José Sámano

Realización Decorado Construcciones Escénicas Moya
Supervisión Decorado Manuel Calzada
Mobiliario y Atrezzo Mateos/Sabre
Peluquería y Maquillaje Raquel Rodríguez
Estudio grabación Oasis Estudios
Voces Teatro E. Tamir
Fotógrafo David Ruano
Diseño Gráfico Jordi Musquera
Página Web Jaime Alonso
Comunicación y Prensa Nico García/Publiescena
Regidor Javier Gómez
Técnico de iluminación Manuel Maldonado
Técnico de sonido Álvaro Gómez
Maquinista Alejandro Arcediano
Gerente Compañía Ángel Borge
Equipo producción Juanma Gómez
Jaime Alonso
Adjunto a la Producción Josefina Íñiguez
Adjunto a la Dirección Manuel Calzada
Música Luis Eduardo Aute
Escenografía Rafael Palmero
Iluminación Francisco Leal
DIRECCIÓN: JOSEFINA MOLINA

TEATRO ARLEQUÍN DE MADRID

 

 

EL PRINCIPITO, con José Luis Gómez. …y el pequeño príncipe se hizo mayor

Foto: Ros Ribas

 

Para leer la crítica sobre el espectáculo El principito que se representa en el Teatro de La Abadía de Madrid, remito a mi reseña publicada en la web de cultura NOTODO.COM, que se puede encontrar pinchando aquí.

 

EN EL CIELO DE MI BOCA, de la compañía Off You Go. Realities, música e infierno.

 

CRÍTICA

Bienvenidos a los suburbios del infierno. Esta la recepción (y despedida) del espectáculo “En el cielo de mi boca”, un one-man show de la Compañía Off You Go protagonizado por Daniel Teba, que podemos ver en la sala independiente Nudo Teatro de Madrid. El protagonista, Wilhelm (nombre artístico, ya que en realidad se llama Guillermo, algo mucho más mundano), relata ante una cámara invisible en una habitación de hotel su ascenso y caída como cantante revelación de un reality musical.

El texto, escrito por José Padilla, mezcla el halo poético con la realidad televisiva del momento. Una crítica feroz a los reality-shows y su capacidad para elevar hasta las alturas y (si se decide no seguir las reglas del juego y no ponerse de rodillas) hacer descender hasta los infiernos. La función comienza con un retrato a retazos de la psicología del protagonista, sin tener muy claro a dónde estamos yendo exactamente. Pero hay un punto de inflexión en que la función se centra, haciendo una parodia feroz de los programas de televisión. Y eso es lo que toca al espectador de cerca y le hace engancharse a la historia. Porque todos reconocemos los clichés de estos programas tipo OT, Factor X, La Voz etc etc… (hay que ver por cierto que salen como champiñones en otoño) y olemos su peligro, que aquí se descubre y se pone sobre la mesa. El residuo que dejan los “sueños” de la, algo perversamente llamada, industria del entretenimiento, como comenta el autor del texto.

Un texto que tal vez presenta un problema en la integración del registro realista (además uno tan reconocible) y el poético. Pero hay otro punto en cuanto a la dirección, a cargo de Íñigo Rodríguez-Claro, que tal vez tampoco beneficia al espectáculo. Y es que Daniel Teba empieza muy arriba. Tal vez demasiado. Y lo que podría presentarse como una evolución y viaje anímico tremendo del personaje, se acaba experimentando de forma algo lineal al ser todo demasiado intenso. Y es que, efectivamente, Teba tiene una energía y presencia escénica tremendas, pero por eso precisamente podría tener capacidad para aportar muchos más registros y enriquecer el texto desde otra perspectiva. Además los momentos musicales funcionan bastante bien, ya que el actor canta fantásticamente, todo hay que decirlo.

Aunque también es cierto que este afán de impactar desde el primer minuto al espectador parece una apuesta completamente pensada. No es casualidad que se llame Wilhelm el protagonista. El mismo autor comenta esto. Porque “el grito Wilhem” es un efecto de sonido de librería utilizado en mas de 200 filmes, que “se usa normalmente cuando a alguien le disparan, cae de gran altura o salta por los aires a causa de una explosión”. Todos los hemos oído. Nadie lo ha escuchado, dice Padilla. Y Wilhelm cae y grita, efectivamente. Sin que nadie le escuche realmente. Wilhelm canta y Wilhelm agoniza durante el relato de su historia.

El caso es que, y resumiendo, “En el cielo de mi boca” es una obra que, sin ser completamente redonda, tiene momentos muy interesantes y un punto de partida francamente potente para generar un buen debate.

NOTA: como anécdota, el actor tuvo que luchar durante toda la función contra el ruido de una tremenda fiesta de estudiantes que se estaba celebrando en el piso de arriba, justo encima de la sala (elemento que por otra parte Teba incorporó perfectamente a la obra, ¡ahí se notan las tablas de un actor!). Así que, Nudo Teatro, ¡¡insonoricen por favor la sala!! (aunque ya sabemos que los tiempos no están para gastarse dinero…)

 

FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

Dramaturgia: Jose Padilla

Dirección: Iñigo Rodríguez-Claro

Actor: Daniel Teba

Música original y Espacio sonoro: Ángel Galán

Escenografía: David Pizarro

Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Iluminación: David Pizarro

Fotografía: Moises Fernández Acosta

Prensa: Alexis Fernández

EN EL CIELO DE MI BOCA se representa en la sala NUDO TEATRO de Madrid, todos los sábados de octubre a las 23:00 y los miércoles de noviembre a las 20:30

Web del espectáculo: http://www.enelcielodemiboca.com/

 

CONCHA (YO LO QUE QUIERO ES BAILAR), en el Teatro de La Latina.

 

Reseña originalmente publicada en la web de cultura NOTODO.COM, que se puede encontrar pinchando aquí.

Concha Velasco se explaya como ella sólo sabe en Concha (Yo lo que quiero es bailar)
Mamá, quiero ser artista… ¡Oh! Mamá, ser protagonista… Un escenario desnudo y Concha Velasco, con una camisa blanca, unas medias oscuras y unos tacones de infarto. Y ya. Para qué más. Esto es Concha (yo lo que quiero es bailar), que después de girar por nuestra península ha recalado por fin en el Teatro de la Latina de Madrid. ¿Que qué hace este espectáculo reseñado aquí? Pues porque (n)os conocemos, y sabemos que hay por ahí mucho retro freak suelto que daría lo que fuera por escuchar en vivo y en directo La chica ye yé en voz de su progenitora. ¿O no? Además, de vez en cuando está bien escapar de tanto dramón existencialista y divertirse un rato. Así que, amantes de la cultura popular española: ¡¡¡ya está aquí la Velasco en todo su esplendor!!!

El espectáculo, dirigido por José María Pou, es un one woman show muy a lo Broadway, en el que la actriz narra anécdotas de su carrera artística y humana. Una puesta en escena extremadamente elegante la de Pou, con muy pocos elementos: un acertado diseño de iluminación y algunas sencillas pero efectivas proyecciones. Pero todo regado con música. Y es que a sus 72 tacos, la mítica actriz (y cantante/presentadora/etc,etc) posee una energía que ya me gustaría tener a mí. Cierto es que bailar, lo que se dice bailar no baila mucho (a pesar del título). Pero cantar y contar, de lo lindo. Y da igual que por problemas del directo se le escacharre el micro el día del estreno. Para eso es Concha Velasco, con 50 años de experiencia a sus espaldas y puede sacarlo adelante sin problema, leche.

Desde su infancia en Marruecos, pasando por sus primeros pasos como artista de (la mano de Celia Gámez), hasta sus comentarios sobre por qué la escogieron para anunciar compresas (Tengo el muelle flojo… pero a todos os llegará la hora), todo cabe en este monólogo entretejido por Juan Carlos Rubio. Un texto básicamente cómico y algo blandito y/o faciloncillo en ocasiones (al muelle flojo me remito), pero con darditos envenenados sobre algunos temas, como sus relaciones con los hombres (que toca muy de refilón, aunque pone al género masculino a caldo) o las escuelas de interpretación (Yo no soy del método Stanislavski, soy del método Staniswhisky). Y tampoco se le caen los anillos (y hasta tiene su aquél) por exponer unas deliciosamente anacrónicas confesiones en este mundo tan políticamente correcto (su afán por comprarse un abrigo de visón o su, por otra parte especial, religiosidad). De lo mejor, la anécdota sobre la obra Buenas noches, madre con Mary Carrillo, y la lucha entre ambas por acaparar el protagonismo de la obra (Fuera éramos realmente como madre e hija, pero en escena éramos dos auténticas perras), o el que tal vez es culmen cómico de la noche, su divertidisísimo monólogo de “La noche en que no gané el Goya” (que es para llorar de la risa). En cuanto a las canciones, admitámoslo, ahora Concha Velasco canta un poco como un camionero búlgaro. Pero un camionero encantador, con gusto y que entona bien. Y escuchar ese Mamá quiero ser artista, por ejemplo, es total. Igual que te entran unas ganas irreprimibles de volver a los cincuenta en cuanto suena su medley dedicado a Augusto Algueró con Las chicas de la Cruz Roja y El día de los enamorados. Incluso hay momento emotivo y se te cae la lagrimita con su interpretación de La primavera miente (dramón total de letra, a lo me quiero cortar las venas ya, pero taaaaan bonito…). Así como hay un par de versiones castellanizadas de temazos de Broadway, como el Nothing de A chorus line o el gran I’m still here de Follies, que no están nada mal. Además el acompañamiento musical viene de la mano de un cuarteto de músicos que, aparte de que toquen bien y se marquen un Hello Dolly a voces realmente interesting, tienen un look retro-fifties completamente fascinante. Una mezcla entre Don Draper y el propio Algueró, pero por cuadriplicado. Todos igualitos ellos, como cuatrillizos creciditos, con el mismo traje, gafas y peinado que parecen escupidos de una máquina del tiempo.

Y bueno, además si se asiste a un momento para la posteridad, como que la Velasco acabe cantando el icono pop La chica ye yé (provocando la locura generalizada, mayormente entre el público septuagenario) y se la dedique a Lina Morgan, que presenciaba el estreno desde su palco (además todo por una pullita que le lanzó desde ese gran programa que es Cine de Barrio), terminando con un Agradecida y emocionada, solamente puedo decir: gracias por veniiiiir… te dan ganas de llorar y dar gracias a Dios por haber presenciado un momento de condensación de cultura popular tan absoluto y total que se lo podrás contar a los nietos (o, en su defecto, a los gatos). El caso, que es un show de dos horas de la historia de una mujer mítica de nuestro imaginario colectivo, que puede gustar o no (ahí que cada uno decida), pero poseedora todavía de un brillo en los ojos y unas piernazas que ya le gustaría a muchas jovenzuelas. Y ahora cantemos juntos: no te quieres enterar ye ye, que te quiero de verdad ye ye ye ye, y vendrás a pedirme de rodillas un poqui-i-i-to de amor…

Concha
+ INFO

 

Nombre del montaje: Concha (Yo lo que quiero es bailar)

Disciplina: Teatro musical

Director: José María Pou

Autor: Juan Carlos Rubio (Sobre biografía y relato oral de Concha Velasco)

Reparto: Concha Velasco

Piano y vocal: Xavier Mestres
Violín, teclado y vocal: Tomás Alcaide
Saxo, batería y vocal: Roger Conesa
Contrabajo y Vocal: Xavi Sánchez
Dirección musical y arreglos: Xavier Mestres
Ayudante de dirección y coreografía: Joan Maria Segura
Escenografía y diseño de vídeo: Eugenio Szwarcer
Iluminación: Juanjo Beloqui
Sonido: Jordi Balbé
Vestuario: Nina Pawlowsky
Una producción Focus

D�nde: Teatro La Latina

Direcci�n: Plaza de la Cebada, 2. Madrid

Hasta: Diciembre

Horario: Miércoles y jueves 20h. Viernes y sábados 18:30h y 21:30h. Domingos 19h

Precio: De 20 a 30€.

Venta de entradas: www.teatrolalatina.es