REGLAS, USOS Y COSTUMBRES EN LA SOCIEDAD MODERNA, con Anabel Alonso

1982194_733427350021082_1839483424_n(Esta crítica fue publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de Reglas, usos y costumbres en la sociedad moderna en Espacio Labruc de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

REGLAS, USOS Y COSTUMBRES EN LA SOCIEDAD MODERNA. Anabel y las reglas
crítica por Miguel Gabaldón

“Lógico, probable… no descartable”, repite continuamente la protagonista de Reglas, usos y costumbres en la sociedad moderna, el monólogo escrito por Jean-Luc Lagarce que se ha estrenado en Espacio Labruc. Un conocido, irónico y complicado texto (por lo repetitivo de su estructura) acerca de las normas sociales que nos constriñen y obligan a actuar de tal o cual manera. Desde el nacimiento, pasando por el matrimonio o las bodas de plata hasta la mismísima defunción. Y vuelta de nuevo a empezar. Ironía, absurdo y delirio se entremezclan para pasar una lógica, probable… no descartable tarde de entretenimiento.

Pero lo que más puede llamar la atención es encontrar a una figura catódica como Anabel Alonso en medio de Malasaña y en una sala alternativa defendiendo este texto. Y la verdad es que su bautismo en estas lides se salda con una victoria aplastante. Porque esta mujer es una cómica nata, en el medio que sea, con lo cual las risas están aseguradas. Lógico, probable… no descartable.

La directora Heidi Steinhardt consigue diseccionar el texto y guiar a Alonso a través del enrevesado texto sin perderse. La sencilla puesta en escena deja en manos de la actriz todo el peso de la función, y consigue momentos francamente divertidos. Su ponencia institucional, con esas gafas de pasta y sonrisilla de nerd, es bastante genial. Con el handicap de un medio al que no está acostumbrada y lo reducido del espacio, el caso es que esta Alonso en versión freak no se achanta y mira a los ojos permanentemente a los espectadores. Y no hace de ella misma, si alguno es lo que se lo teme, sino que posee una marcada caracterización (más bien caricaturización) que funciona perfectamente y en la que se desenvuelve sin problema con un importante dominio del texto. Una muy entretenida tarde de teatro en Espacio Labruc, en definitiva. Pero eso ya era de esperar, ¿no? Lógico, probable… no descartable.

M.G.

UN HOMBRE CON GAFAS DE PASTA, de Jordi Casanovas

Un-Hombre-con-gafas-de-Pasta-Olga-Aficionarts(Esta crítica fue publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del reestreno de Un hombre con gafas de pasta en La pensión de las pulgas de Madrid, que ahora reponen en la misma sala. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

UN HOMBRE CON GAFAS DE PASTA. Beware the gafapastas
Crítica por Miguel Gabaldón

Una reunión de amigos. Una cena. Una crisis sentimental. Un nuevo invitado para animar a la anfitriona. Éste es el comienzo de Un hombre con gafas de pasta de Jordi Casanovas. Un espectáculo que acoge uno de los especiales salones de La pensión de las pulgas. Y lo que empieza como una comedia, casi como una película de Woody Allen, con su personaje algo neurótico e inseguro y esos amigos que deciden echarle una mano (que se ve venir será una mano al cuello) acaba transmutando en un ejercicio mucho más complejo, metáfora de los vampiros intelectuales (mucho más peligrosos que los brilli brilli de Crepúsculo).

Casanovas levanta un texto fresco y divertidísimo, con una dirección dinámica y ejemplares interpretaciones. El escenario de La pensión de las pulgas es además perfecto para este fin, aportando la realidad y cotidianeidad que busca como presentación. Sin embargo poco a poco la experiencia se irá intensificando (no voy a spoilear, porque merece la pena vivir la experiencia) hasta acabar con una vuelta de tuerca (de tono y género) absolutamente sorprendente que sin embargo encaja completamente con la propuesta de Casanovas. Un ejercicio de estilo en el que el autor catalán demuestra un vistoso dominio de la dramaturgia para elaborar una reflexión sobre los peligros de la postmodernidad, el postureo intelectual y los gafapastas criticones y succionadores de energía (hay otros gafapastas inofensivos, todo sea dicho, que no se puede generalizar).

Los cuatro intérpretes además están que se salen. Empezando por José Luis Alcobendas, ese hombre con gafas de pasta, magnífico en su solemne caricatura de este espécimen tan reconocible. Fantástico (la verdad es que es uno de los papeles en los que más le he visto disfrutar). Markos Marín es Oscar, un genial acólito fascinado por el pomposo poder del intelecto de palo. Olga Rodríguez llena de energía y simpatía, es la pareja del anterior y amiga íntima de la protagonista. E Inge Martín es Aina, esa protagonista y anfitriona que acaba de romper con su novio. Una fémina de apariencia frágil pero mucho más que interesante. Esta actriz se erige en un personaje maravilloso que te dan ganas de llevarte a casa. Los cuatro consiguen una estampa absolutamente reconocible y natural, cualquier cena con amigos en la que nosotros mismos podríamos estar incluidos.

Un hombre con gafas de pasta es una de las joyitas de la temporada. Absolutamente recomendable tanto para disfrutar de unas interpretaciones fantásticas como de un originalísimo texto. Para los amantes de las misceláneas sin complejos. Y mucho cuidadito con los hombres con gafas de pasta que andan por ahí: no dejéis que os quiten las ganas de ver esta genial propuesta.

M.G.

ÁRBOL, en Espacio Labruc

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(Esta crítica fue publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del reestreno de Árbol en Espacio Labruc de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

ÁRBOL. Raíces en Labruc
Crítica por Miguel Gabaldón

Sor Margarita quiere matar todas las plantas que habitan en el jardín de la institución psiquiátrica que dirige. Anturio, su sobrino invertido, tiene como misión convertir este vergel demoníaco en un páramo según las órdenes de su tía. Una labor a la que se resiste, pues tiene una particular fascinación por Celidonia, la interna más singular que se encuentra allí, quien trata a uno de los árboles del jardín como si fuera su hijo… Esto es Árbol, el especial montaje que ha vuelto a Espacio Labruc. Un texto de Alessio Arena dirigido por Ángel Málaga y Roberto Morales. La locura y el amor se entrelazan en este espectáculo que transita por las ramas más enrevesadas y retorcidas de la mente (y el corazón) humanos.

El espacio, prácticamente vacío, de Labruc sirve de escenario para una compleja narración que llega a estremecer. Y es que, ante todo, Árbol es la historia de Celidonia y su hijo perdido. La obra, profundamente poética y metafórica, está estructurada entre diálogos de sobrino y tía y monólogos de la interna. Y aunque peca de literaria en múltiples momentos (a alguno lo mismo le rechinarán un poco ciertas expresiones), consigue instantes de intimidad demoledora cuando nos introduce en la cabeza de esta mujer enamorada de su hijo-árbol. Ana Cavilla y Manuel Enríquez son unos acertados Sor Margarita y Anturio, con una confianza extraña pero potente que consiguen transmitir al público. Pero es Itziar Cabello la que resulta completamente fascinante como esa Celidonia. La locura, verdad y turbación que transmiten sus enormes ojos oscuros es una experiencia única. Aunque sólo fuera por poder asistir a esta enorme interpretación ya merecería la pena acercarse a este Árbol de inciertas raíces. Ascendamos con Celidonia a través de las ramas de su mente para acompañarla en su viaje de pérdida y demencia, en su obsesión maternal y estremecedora… “Hijo mío, hijo mío…”

M.G.

LA CORTESÍA DE ESPAÑA, dirigida Josep María Mestres

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(Esta crítica fue publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de La cortesía de España en el Matadero de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

LA CORTESÍA DE ESPAÑA. Demasiada cortesía
Crítica por Miguel Gabaldón

La cortesía de España se subitula Comedia Famosa. Curioso el asunto, al tratarse de una de las más desconocidas obras del famosérrimo Lope de Vega. El caso es que este texto del Fénix de los ingenios es el último escogido por la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, que en este caso abandona su útero materno, el Teatro Pavón (donde se está representando La vida es sueño) para colarse en el vientre de alquiler del Matadero.

Josep Maria Mestres dirige este Lope en versión de Laila Ripoll sacando jugo estético al texto, con una acción que va desde Venecia hasta Toledo pasando por Génova u Orgaz. La historia versa sobre celos, amores, honores, huídas y equívocos varios. El irónico texto se refiere a la imposibilidad de alcanzar la felicidad de un caballero español que antepone su famosa cortesía nacional a todo, incluso a riesgo de perder a su enamorada. Mestres sitúa la acción en un escenario de dos niveles que permite rápidos cambios apoyados por unas magníficas y plásticas proyecciones también a dos niveles. Las actuaciones de la Joven Compañía son dignas de elogio, ya que le ponen una energía y ganas contagiosas (como siempre, por otra parte). Brillan con luz especial los defensores de los personajes protagonistas: la fantástica Lucrecia de Natalia Huarte (qué difícil es lo que consigue esta chica, recitar los versos con la verdad con la que lo hace) el caballeroso Don Juan de Francesco Carril y la Leonarda de Júlia Barceló.

Sin embargo este texto, no llega a enganchar del todo. No puedo evitar pensar que tal vez si no es conocido, es por algo (por muy de Lope de Vega que sea y comedia famosa que se subtitule). Estos enredos no resultan lo suficientemente divertidos ni interesantes como para levantar un espectáculo entero alrededor suyo, y a la postre se hace algo largo. Hay momentos hilarantes, eso sí, con las frases que Don Juan lanza defendiendo su condición (“Soy español, y el amparar las damas desde la cuna lo aprendemos”). Pero es que además (sobre todo en la primera parte) me despista profundamente la contraposición de tonos que aparecen, desde la comedia pura y dura hasta una escena tan dura (y puramente dramática en este caso) como la del bosque, demasiado seguidas y sin transiciones que valgan ni solución de continuidad. El caso es que esta cortesía española es un espectáculo correcto y sobre todo interesante por las interpretaciones de su joven elenco, pero que tampoco pasará a la historia. Y “Aquí la comedia acaba, llamada para serviros, La cortesía de España”.

M.G.

LOHENGRIN, en el Teatro Real

lohengrin(Esta crítica fue publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de Lohengrin en el Teatro Real de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

LOHENGRIN, el canto del cisne.
Reseña por Miguel Gabaldón

“¡Mirad, mirad!, ¡qué extraño milagro!. ¿Cómo? ¿Es un cisne?. ¡Un cisne arrastrando una barca!. ¡Un caballero va en ella de pie!” A Gerard Mortier seguro le habría gustado que le compararan con el caballero del cisne. Llegó, luchó dejando una marca indeleble y completamente personal en la programación del Teatro Real y se ha vuelto a marchar. La primera ópera estrenada después del fallecimiento de más polémico director artístico que ha pasado por allí, Mortier, se trata del Lohengrin de Richard Wagner. A ex-director artírtistico le amaban igual que le odiaban (curiosa es la vida, que ahora parece que le adoraba todo el mundo), pero desde luego consiguió insuflar de vida al Real y logró que la prensa internacional fijara sus ojos en él. Y ahora se ha vuelto a marchar, cual Lohengrin, y todas las representaciones de este montaje serán en su honor.

Hay que decir que esta ópera no es uno de sus proyectos más arriesgados. La historia protagonizada por el caballero del Grial y su enamorada, la inocente dama Elsa, y su lucha contra la malvada Ortrud se ha enfocado desde un punto de vista eminentemente estético pero que no distrae de la música. La experiencia es espectacular, y parece que ha convencido a la mayoría del público del Real, algo que hace tiempo no pasaba. La verdad es que, si se quiere ver una ópera grandiosa, ésta sin duda es una oportunidad perfecta, ya que además por lo visto ésta de Wagner es la ópera con una presencia de coro más importante. Cierto es que, aunque no se haga ningún experimento (como esa Lady Di rediviva de Alceste), resulta lo suficientemente alejada del cartón piedra como para resultar atractiva a nivel estético para los fans de Mortier.

Y es que al fin y al cabo Lohengrin es una leyenda como dios manda, una historia en la que el componente mitológico adopta un papel primordial y traslada al espectador a un mundo de caballeros, damas virginales, brujas (o casi), cisnes voladores (que no se ven, menos mal, pero se imaginan) y magia. La lucha del mundo de la luz, encarnado por la inocente Elsa, contra la oscuridad (la muy malvada Ortrud) tiene lugar en esta ocasión en una especie de cueva atemporal. La escenografía ha sido concebida por el artista plástico Alexander Polzin (La conquista de México). Un impresionante cubo del tamaño del escenario del Real que acoge la acción. Se transforma así la escena en una especie de caverna subterránea de piedra basáltica, con vetas y orificios a través de los cuales entran y salen los personajes y los haces de luz. Una luz que tiñe las paredes y a los intérpretes de múltiples colores a lo largo de las más de cuatro horas de representación (que se ven con gusto). La propuesta estética es en cierto modo feísta, pero resulta absorvente. El juego lumínico, en colaboración estrecha con la escenografía y el vestuario conforman un todo de grises, morados y ocres en mutación permanente. El coro se empasta con el fondo pétreo y los personajes se mueven envueltos en unos ropajes (que bien podrían ser pijamas, la verdad, para qué vamos a engañarnos) muy poco espectaculares a primera vista, pero que con el uso del color y su combinación en el todo de la puesta en escena resultan mucho más que interesantes. Quién lo iba a decir.

El cisne no es un cisne, sino un cubo lumínico con una figura que se avista en su interior. Una de las pegas que podría ponerse a este Lohengrin es que el final despista ligeramente, ya que no se sabe muy bien quién o qué es exactamente esa escultura que una vez estuvo en interior del cubo/cisne, si Gottfried, Friedrich o un alien escuchimizado al que a partir de ahora deberán empezar a adorar todos (al friki de Iker Jiménez seguro que le encantaría esta versión de Lohengrin). Algunos se miraban en la sala con cara de “que alguien me explique esto, se lo ruego”. El caso, que la solución del cubo lumínico es bastante interesante (y logra esquivar el peligro de mostrar un plumífero en escena, que no es baladí) convirtiéndolo en algo mucho más simbólico y elegante. Asimismo la interpretación y el enfoque del director de escena Lukas Hemleb consiguen evitar que el relato se transforme en un cuento infumable, y por ejemplo la encargada de poner piel y voz a Elsa (Catherine Naglestad, quien se alternará en el papel con Anne Schwanewilms) consigue no caer en la cursilería más absoluta, con una evolución en su interpretación digna de elogio. Hartmut Haenchen dirige la orquesta y está recibiendo halagos por todas partes. Escuchar una música de tamaño magnitud (el adjetivo wagneriano existe por algo) en un decorado así es una experiencia tremenda (dejando aliens aparte). El caso es que este impresionante Lohengrin, telúrico y mítico, consigue trasladarnos con su canto del cisne (y en cierto modo el de Mortier) a su universo cavernoso, poético y fantástico. “¡El cisne! ¡Mirad cómo se acerca de nuevo…!”

M.G.

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES, dirigida por Sergio Peris-Mencheta

Continuidad de los parques
(Esta crítica fue publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de Continuidad de los parques en el Matadero de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)
CONTINUIDAD DE LOS PARQUES. Discontinuidad humorística
Crítica por Miguel Gabaldón
– A veces alguien se queda mirándole a uno.
– Ya veo. ¿Y se acerca? ¿Sin motivo?
– Sin motivo. Y entonces se entabla una conversación sobre cualquier tema general.
– ¿Y luego? ¿Qué ocurre luego?

(El Square. Marguerite Duras)

Pues luego pueden ocurrir muchas cosas, sobre todo en la cabeza, como en la última obra dirigida por Sergio Peris-Mencheta, Continuidad de los parques, que se ha estrenado en el Matadero. Es éste un montaje que, por las opiniones que uno va leyendo y escuchando, depende total y absolutamente de los gustos de cada cual. Alabanzas casi incondicionales (las más) se alternan con alguna crítica tirando a ni fú ni fá. Personalmente (y mira que iba con ganas a verla) (o precisamente por eso) soy de los últimos.

Hay un problema de base, y es que el texto de Jaime Pujol no me hace gracia, con lo cual mal empezamos. Bueno, alguna sonrisilla sí me provocaba, por supuesto, pero no las carcajadas que se levantaban entre la nutrida audiencia. Me pasaba lo mismo que cuando vi La cena de los idiotas, que no entendía qué era lo que le hacía tanta gracia a la gente. La diferencia es que el tipo de público en una y otra difiere notablemente. Continuidad… es una especie de hype que llego a entender del todo. El caso es que estas historias, sketches independientes con el nexo común del lugar (el parque) y una simpática locura de sus protagonistas no me entretiene (problema gordo al tratarse de una comedia). La dirección está bien (sobre todo en cuanto a los actores se refiere), el ambientar con loops y samplers vocales en directo (labor a cargo de Marta Solaz) tiene también su punto, a pesar de que distraiga un poco. El problema es que es un texto absurdo que quiere ser Samuel Beckett o Georges Perec (qué bien le salió a Peris-Mencheta ese Incrementum) pero que se acerca peligrosamente a un humor televisivo más bien simple. Algo muy parecido a un programa de José Mota.

Lo salvan, eso sí, los actores, que están espléndidos, todos y cada uno de ellos en sus multiplicidad de caracteres. Luis Zahera, fantástico; Roberto Álvarez, sólido y con presencia; Gorka Otxoa, con un registro más tipicón, pero que funciona; y Fele Martínez, genial en cada una de sus apariciones. Peris-Mencheta desde luego vale para dirigir, de eso no hay duda, y juega con sus actores de forma fantástica por encima del texto. Eleva también el conjunto el último sketch, Luz verde, a años luz de sus predecesores. Un ejemplo muy inteligente (que recuerda vagamente a otra pieza con taxi incluido, de Harold Pinter en este caso, que se pudo ver en la Tétrada de La Puerta Estrecha) en el que un hombre se sienta en un banco como si de un taxi neoyorquino se tratase. La evolución y relación de esos dos personajes es maravillosa, y es el único momento en el que se avista lo que podría haber sido esta Continuidad de los parques si todo hubiera seguido ese camino. Un camino que, sin embargo, se pierde entre los árboles y no llega a encontrarse. “Un hombre entra en un parque. El parque aún está cerrado, pero entra“, comienza y acaba, cíclicamente este montaje. Así que avisados estáis, puede que os encante o puede que no, sois completamente libres de entrar en este parque.

M.G.

TRUE WEST (EL AUTÉNTICO OESTE), de Sam Shepard

teaserbox_19636357(Esta crítica ha sido publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de True West, dirigido por José Carlos Plaza, en la Sala Negra de los Teatros del Canal de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

TRUE WEST. Mentiras, verdades y tostadoras en el auténtico oeste.
Crítica por Miguel Gabaldón

Desiertos mentales y físicos, grillos y coyotes, máquinas de escribir y tostadoras, cerveza y whisky, verdad y mentira, familia y delirio, realismo y absurdo… Todo esto es True West, de Sam Shepard, que inaugura la Sala Negra de los Teatros del Canal después de haberse mantenido un tiempo considerable yendo y viniendo por el off del Teatro Lara. Una alucinada y alucinante historia que nos hace perdernos en los desiertos californianos y en la mente de los protagonistas.

Ya el acceso a la sala es extraño (acomodadores varios le indican a uno, a través de pasillos, accesos y ascensores, cómo llegar a la deseada Sala Negra). El horario es algo intempestivo también (con funciones a las diez de la noche y a las once y cuarto en fin de semana). Todo apoya una sensación algo atípica que el texto escrito por Shepard, ese lobo de las estepas familiares americanas, y la propuesta escénica de José Carlos Plaza confirman. El escenario, un cuadrilátero de blancos y sencillos muebles rodeado de arena. Unas líneas de tiza al fondo se erigen en imagen del ansiado desierto donde todo se convierte en verdad. Luis Rallo interpreta a Austin, un guionista organizado y responsable, y Alberto Berzal interpreta a Lee, el hermano con el que se reencuentra en la casa de su madre. Un perdedor, ladrón de poca monta con querencia a pasar temporadas en el desierto. La visita de un productor cinematográfico (Joaquín Abad) provocará un intercambio de papeles entre los hermanos, comenzando así un extraño y absurdo duelo al sol (aunque estén a cubierto y la noche sea su elemento) familiar. La aparición de una desorientada madre (Inma Cuevas) que cree que Picasso sigue vivo y está visitando su pueblo pondrá la guinda al pastel.

Si bien es cierto que el comienzo de la obra peca de repetitivo y no llega a convencer, el espectáculo va ganando enteros de forma brutal a medida que avanza y el alcohol empieza a regar los gaznates de los protagonistas. Entonces el escenario evoluciona, se llena de una suciedad y locura completamente fascinante (genial la obsesión con las tostadoras de Austin), defendido por unos espectaculares Luis Rallo y Alberto Berzal (aunque algunos dirán que se les va algo de las manos, pero su borrachera es una de los mejores y delirantes que he visto nunca) y que se corona con la aparición de una Inma Cuevas absolutamente surrealista e hipnótica.

Plaza dirige el espectáculo con un deje casi lynchiano (con una contrastada y en momentos casi onírica iluminación y una música que te transporta al desierto americano) en el que no se sabe muy bien si estos dos hermanos son reales o qué. Y es que, como el propio autor dice, se trata de un texto que habla (entre otras muchas cosas) de la naturaleza doble. El caso es que el espectáculo acaba por arrastrar en su locura (aunque algunos espectadores no parecieran muy convencidos a la salida de la sala) y resulta fascinante. True West es una búsqueda desesperada y casi palpable de la verdad y consigue sumergir al espectador esta historia doble de desiertos, perdedores en búsqueda de lo auténtico y, como explica Lee con respecto a su guión, perseguidores que no saben a dónde demonios les conducirán quienes persiguen… Y perseguidos que no tienen ni idea de a dónde van.

M.G.