EL PÚBLICO, una experiencia lorquiana en el Teatro Real

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Podéis encontrar mi reseña de la ópera El público que se acaba de estrenar en el Teatro Real, pinchando aquí, en la web de cultura de Notodo.com. Una espectáculo único y fascinante compuesta por Mauricio Sotelo y basada en la obra de Federico García Lorca que envuelve con su surrealismo al espectador.

LAS DOS BANDOLERAS, dirigida por Carme Portaceli

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(Esta crítica fue publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de Las dos bandoleras, dirigida por Carme Portaceli, en el Teatro Pavón de Madrid, que hora está de gira por España. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

LAS DOS BANDOLERAS, dirigida por Carme Portaceli.
Crítica por Miguel Gabaldón

Dos mujeres se ven ultrajadas por sendos hombres que, aprovechando la falta del padre de aquéllas, les prometen matrimonio para robarles el honor después. Estas dos hermanas, Inés y Teresa, se transformarán entonces en vengadoras del género femenino en general, cargándose a todo aquel macho ibérico que se encuentren por los caminos de la sierra donde se esconden. Ellas son Las dos bandoleras, nueva obra de Lope de Vega que pone en pie el CNTC en el Teatro Pavón.

Carme Portaceli dirige el texto adaptado por Marc Rosich y ella misma, y que no sólo se basa en Las dos bandoleras, sino que introduce otra de las piezas bandoleras del Fénix de los ingenios, La serrana de la Vera. El efecto es algo extraño, porque no se llega a entender muy bien si este personaje, la Leonarda serrana, es un fantasma recordando sus andanzas (protegiendo también el honor femenino), si estamos asistiendo a un juego temporal o qué demonios. Sin embargo la propuesta, aunque no afinada del todo (el cambio de tono tal vez es lo que descoloca), resulta curiosa.

Portaceli utiliza tres montículos dorados (geométricos, como formados por pirita, un poco retrofuturísticos al rollo Barbarella) y un fondo también rocoso y geométrico para situarnos en esa sierra por donde deambulan las bandoleras. Algunos elementos de la puesta en escena despistan ligeramente: música y vestuario tampoco llegan a encontrar un tono uniforme, ya que el vestuario oscila entre el traje de época y el uniforme militar de s. XX, y uno no llega a centrarse. Sin embargo las actuaciones en general demuestran buen tono, en especial un Helio Pedregal sólido y potente como el padre de las hermanas, interpretadas por las televisivas Macarena Gómez y Carmen Ruiz, que se defienden bastante bien en las lides del verso (muy en particular Carmen Ruiz). Y con las armas, porque hay una (larga) escena de lucha bastante conseguida. En definitiva, que Las dos bandoleras es un espectáculo que, aunque se deja ver más que aceptablemente, tampoco robará la emoción a nadie. “Y en este punto se acaba, por hoy, las dos bandoleras.”

M.G.

UN HOMBRE CON GAFAS DE PASTA, de Jordi Casanovas

Un-Hombre-con-gafas-de-Pasta-Olga-Aficionarts(Esta crítica fue publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del reestreno de Un hombre con gafas de pasta en La pensión de las pulgas de Madrid, que ahora reponen en la misma sala. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

UN HOMBRE CON GAFAS DE PASTA. Beware the gafapastas
Crítica por Miguel Gabaldón

Una reunión de amigos. Una cena. Una crisis sentimental. Un nuevo invitado para animar a la anfitriona. Éste es el comienzo de Un hombre con gafas de pasta de Jordi Casanovas. Un espectáculo que acoge uno de los especiales salones de La pensión de las pulgas. Y lo que empieza como una comedia, casi como una película de Woody Allen, con su personaje algo neurótico e inseguro y esos amigos que deciden echarle una mano (que se ve venir será una mano al cuello) acaba transmutando en un ejercicio mucho más complejo, metáfora de los vampiros intelectuales (mucho más peligrosos que los brilli brilli de Crepúsculo).

Casanovas levanta un texto fresco y divertidísimo, con una dirección dinámica y ejemplares interpretaciones. El escenario de La pensión de las pulgas es además perfecto para este fin, aportando la realidad y cotidianeidad que busca como presentación. Sin embargo poco a poco la experiencia se irá intensificando (no voy a spoilear, porque merece la pena vivir la experiencia) hasta acabar con una vuelta de tuerca (de tono y género) absolutamente sorprendente que sin embargo encaja completamente con la propuesta de Casanovas. Un ejercicio de estilo en el que el autor catalán demuestra un vistoso dominio de la dramaturgia para elaborar una reflexión sobre los peligros de la postmodernidad, el postureo intelectual y los gafapastas criticones y succionadores de energía (hay otros gafapastas inofensivos, todo sea dicho, que no se puede generalizar).

Los cuatro intérpretes además están que se salen. Empezando por José Luis Alcobendas, ese hombre con gafas de pasta, magnífico en su solemne caricatura de este espécimen tan reconocible. Fantástico (la verdad es que es uno de los papeles en los que más le he visto disfrutar). Markos Marín es Oscar, un genial acólito fascinado por el pomposo poder del intelecto de palo. Olga Rodríguez llena de energía y simpatía, es la pareja del anterior y amiga íntima de la protagonista. E Inge Martín es Aina, esa protagonista y anfitriona que acaba de romper con su novio. Una fémina de apariencia frágil pero mucho más que interesante. Esta actriz se erige en un personaje maravilloso que te dan ganas de llevarte a casa. Los cuatro consiguen una estampa absolutamente reconocible y natural, cualquier cena con amigos en la que nosotros mismos podríamos estar incluidos.

Un hombre con gafas de pasta es una de las joyitas de la temporada. Absolutamente recomendable tanto para disfrutar de unas interpretaciones fantásticas como de un originalísimo texto. Para los amantes de las misceláneas sin complejos. Y mucho cuidadito con los hombres con gafas de pasta que andan por ahí: no dejéis que os quiten las ganas de ver esta genial propuesta.

M.G.

TRUE WEST (EL AUTÉNTICO OESTE), de Sam Shepard

teaserbox_19636357(Esta crítica ha sido publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de True West, dirigido por José Carlos Plaza, en la Sala Negra de los Teatros del Canal de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

TRUE WEST. Mentiras, verdades y tostadoras en el auténtico oeste.
Crítica por Miguel Gabaldón

Desiertos mentales y físicos, grillos y coyotes, máquinas de escribir y tostadoras, cerveza y whisky, verdad y mentira, familia y delirio, realismo y absurdo… Todo esto es True West, de Sam Shepard, que inaugura la Sala Negra de los Teatros del Canal después de haberse mantenido un tiempo considerable yendo y viniendo por el off del Teatro Lara. Una alucinada y alucinante historia que nos hace perdernos en los desiertos californianos y en la mente de los protagonistas.

Ya el acceso a la sala es extraño (acomodadores varios le indican a uno, a través de pasillos, accesos y ascensores, cómo llegar a la deseada Sala Negra). El horario es algo intempestivo también (con funciones a las diez de la noche y a las once y cuarto en fin de semana). Todo apoya una sensación algo atípica que el texto escrito por Shepard, ese lobo de las estepas familiares americanas, y la propuesta escénica de José Carlos Plaza confirman. El escenario, un cuadrilátero de blancos y sencillos muebles rodeado de arena. Unas líneas de tiza al fondo se erigen en imagen del ansiado desierto donde todo se convierte en verdad. Luis Rallo interpreta a Austin, un guionista organizado y responsable, y Alberto Berzal interpreta a Lee, el hermano con el que se reencuentra en la casa de su madre. Un perdedor, ladrón de poca monta con querencia a pasar temporadas en el desierto. La visita de un productor cinematográfico (Joaquín Abad) provocará un intercambio de papeles entre los hermanos, comenzando así un extraño y absurdo duelo al sol (aunque estén a cubierto y la noche sea su elemento) familiar. La aparición de una desorientada madre (Inma Cuevas) que cree que Picasso sigue vivo y está visitando su pueblo pondrá la guinda al pastel.

Si bien es cierto que el comienzo de la obra peca de repetitivo y no llega a convencer, el espectáculo va ganando enteros de forma brutal a medida que avanza y el alcohol empieza a regar los gaznates de los protagonistas. Entonces el escenario evoluciona, se llena de una suciedad y locura completamente fascinante (genial la obsesión con las tostadoras de Austin), defendido por unos espectaculares Luis Rallo y Alberto Berzal (aunque algunos dirán que se les va algo de las manos, pero su borrachera es una de los mejores y delirantes que he visto nunca) y que se corona con la aparición de una Inma Cuevas absolutamente surrealista e hipnótica.

Plaza dirige el espectáculo con un deje casi lynchiano (con una contrastada y en momentos casi onírica iluminación y una música que te transporta al desierto americano) en el que no se sabe muy bien si estos dos hermanos son reales o qué. Y es que, como el propio autor dice, se trata de un texto que habla (entre otras muchas cosas) de la naturaleza doble. El caso es que el espectáculo acaba por arrastrar en su locura (aunque algunos espectadores no parecieran muy convencidos a la salida de la sala) y resulta fascinante. True West es una búsqueda desesperada y casi palpable de la verdad y consigue sumergir al espectador esta historia doble de desiertos, perdedores en búsqueda de lo auténtico y, como explica Lee con respecto a su guión, perseguidores que no saben a dónde demonios les conducirán quienes persiguen… Y perseguidos que no tienen ni idea de a dónde van.

M.G.

PETIT PIERRE, con Adriana Ozores. Una joya mecánica

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(Esta crítica ha sido publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de Petit Pierre, dirigido por Carles Alfaro, en el Teatro de la Abadía de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

PETIT PIERRE. crítica de Miguel Gabaldón

El mundo como un carrusel mecánico que gira y gira, con sus pequeñas mezquindades, bellezas, guerras. Así lo entendía Pierre Avezard. Nacido en 1909, “un año pequeño” en el que él nace pequeño también: deforme, medio ciego, sordo y mudo. El mundo le rechaza y tiene que dejar de estudiar a los siete años para adoptar el oficio de los inocentes: pastor de vacas. Pero Petit Pierre, sin estudios ni saber leer o escribir, fascinado por el movimiento del universo, crea pequeños milagros mecánicos, tomando de partida los ejemplos que tiene a su alrededor. Y transformado la fealdad en belleza. Los aviones que sobrevolaban su pueblo francés en la II Guerra Mundial, para él son pequeños aeroplanos que lanzan remolachas para alimentar a las vacas.

Poco a poco, Petit Pierre fue erigiendo un universo paralelo impelido por su soledad hasta crear uno de las más pequeños y bellas metáforas del s. XX: un carrusel mecánico movido por un único motor, confeccionado con chapas, maderas y otros materiales no nobles y en el que se podía observar un pequeño y fascinante mundo en miniatura. Un ejemplo de ese llamado Outsider Art o Art Brut, con en el que Pierre, de forma completamente autodidacta y con materiales de desecho, reflejó de forma asombrosa un microcosmos particular en el que se mezclaban cientos de figuras: animales, tanques, flores de metal que jamás se marchitarían… Además de reflejar su soledad de forma absolutamente bella y naïf, al retratarse a él mismo bailando con una vaca sobre una redonda placa de metal mientras todos los demás disfrutan de parejas más convencionales.

La autora canadiense Suzanne Lebeau quedó maravillada por este personaje y decidió escribir una obra para niños y adultos sobre esta bella metáfora. Y ahora, Bambalina Producciones la hace aterrizar en el Teatro de la Abadía. Y no es de extrañar que una compañía de títeres se enamore de esta preciosa y pequeña historia. Carles Alfaro dirige el montaje, poniendo en marcha (después de Éramos tres hermanas) otro mecanismo de relojería movido por la sensibilidad y la poesía. Sólo dos intérpretes en escena, rodeados de un rústico invento circular y giratorio que nos sumerge en la mente de su protagonista. Jaume Policarpo es el encargado de poner  piel a Petit Pierre, con ternura y delicadeza. Con sus movimientos y gestos, Policarpo consigue una creación enternecedora y repleta de cariño. Y sus manos manejan los artefactos y pequeños títeres de la escena elegantemente, dotándoles de vida propia. Pero Policarpo no está solo en su viaje. Le acompaña una narradora de excepción, maestra de ceremonias de este cuento-carrusel y de la vida de Petit Pierre, encarnada de forma magistral por una impresionante Adriana Ozores. Y es que ella lleva el peso de la narración del espectáculo y nos arrastra en una montaña rusa de emociones haciéndonos girar y girar con su voz y su pasión. El engranaje entre los dos es sencillamente perfecto y conmueve en no pocas ocasiones.

Petit Pierre es una pequeña joya hecha de hecha de latón y madera. Y es que un mecanismo perfectamente engrasado también es la puesta en escena, con esa escenografía que envuelve a los personajes llena de movimiento, con sus pequeños muñecos y sencillas construcciones hechas de latón. Apoyada por una delicada iluminación llena de claroscuros y una casi omnipresente música que en ningún momento llega a cansar, sino que nos traslada sonoramente a este carrusel. Un canto a la vida, lleno de detalles infantiles pero también amargos que muestra los claroscuros del ser humano. De cómo hay seres tan especiales que a pesar de ser condenados al ostracismo le pueden hacer a ese mismo cruel mundo un regalo tan singular como para hacerles sentir niños de nuevo, devolviéndoles la inocencia y la capacidad de maravilla. Petit Pierre es una obra redonda como un tiovivo, llena de detalles, sutil y fascinante. Hermosísima y emocionante, pequeña gran metáfora del s. XX y de un mundo que “gira y gira, frágil, sin parar”.

M.G.

RUDOLF, dirigida por Cristina Rota. Amor y dolor

Foto: Guillermo Pérez
Foto: Guillermo Pérez

(Esta crítica fue publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de la obra Rudolf en la Sala Mirador de Madrid. Una historia elegante y delicada sobre el dolor y el olvido. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

RUDOLF. crítica por Miguel Gabaldón

Ruidos de obras. Una casa en reconstrucción y llena de polvo. “-¿Que es ese ruido?. -Construyen. Alemania. La construyen.” Una mujer toca un silente piano de cartón, con el rimmel corrido, la desesperación en su rostro. Un chico llama a su puerta. La época, los años cincuenta, el chico, un judío en busca de la amante de un criminal de guerra nazi, Rudolf Koch. Éste es el Rudolf del titulo, el Rudolf de la obra escrita por Patricia Suárez que se acaba de estrenar en la Sala Mirador. A la dirección, Cristina Rota, en la actuación su hija María Botto y Roberto Drago. Theodor y Maria/Greta tendrán una serie de encuentros. Encuentros en los que el chico comprará con dulces, sexo y dinero las confesiones de una doliente y solitaria mujer rota por la guerra para encontrar al criminal que lleva años buscando. ¿Es posible que estos dos seres, el judío y la amante nazi se lleguen a enamorar?

Rudolf es un texto lleno de amor, tristeza y dolor. No hay morbo (que nadie busque una Caída de los dioses viscontiniana), sólo necesidades básicas. La escenografía incide en esa Alemania en obras después de los bombardeos, el esqueleto de una casa, rota por la guerra. Una excepcional ambientación e iluminación, que utiliza acertadamente ese humo perpetuo, polvo de obra y neblina de la memoria, ayudan a crear la atmósfera precisa para el relato. Duro, pero sin cargar las tintas más de lo necesario, con unos afortunados puntos de humor por parte del personaje de Maria Botto. Un humor negro y desesperado, pero humor al fin y al cabo. Entre encuentro y encuentro, el Para Elisa de Beethoven se fragmenta. Pero si hay algo que llama la atención de la obra, y eso que es un montaje bastante redondo, es el personaje de María Botto y su espléndida actuación. Su María (o Greta), es caprichosa, casi como una niña, hambrienta, huérfana de calor humano desde hace mucho tiempo, contradictoria, extravagante, elegante y persuasiva… pero sobre todo tiene (demasiadas) ansias de olvidar. Y hay que decir Botto se come al Theodor de Roberto Drago. Y eso que Drago defiende bien su papel (el sencillo muchacho judío, de fuertes convicciones y necesidad de justicia, con ese gorro perenne sobre su cabeza) pero es que el de Botto es un bombón de papel. Y además ella está que se sale.

El texto flojea ligeramente cuando se pone literario, pero cierto es que ocurre las menos de las veces, asi que no llega a ser un problema. Rudolf ofrece un retrato de un amor imposible, duro y melancólico. Una historia con un tema doloroso que, sin ser demasiado original, resulta muy recomendable. Con un gran personaje perdido como es el de esa mujer abandonada, de identidad confusa y frágil memoria, culpable por omisión. Y es que, como dicen en la obra, hay demasiadas ganas de volver a construir sobre unos cimientos amasados con cadáveres.

M.G.

ELEUTERIO, HISTORIA DE UN HOMBRE LIBRE, de Nacho y José Marraco.

cartel_eleuterio(Esta crítica fue publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de Eleuterio, historia de un hombre libre en el Teatro del Barrio de Madrid. Un acercamiento poético y emocionante a la figura de El Lute. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

ELEUTERIO, HISTORIA DE UN HOMBRE LIBRE. crítica por Miguel Gabaldón

“Eleuterio me llamaron cuando llegué a este mundo en un chabola mugrienta y destartalada. Eleuterio Sánchez Rodríguez me llamo. Y mi madre decía que me parió para vivir cien años…” Cien años no se sabe, pero cien vidas, seguro. Eleuterio Sánchez, antes conocido como El Lute, es una de las figuras esenciales de la cultura popular española, héroe-delincuente antifranquista, símbolo de la lucha contra la opresión y la ignorancia, escritor, abogado, figura protagonista de películas, canciones y ahora de una obra de teatro: Eleuterio. Historia de un hombre libre. El montaje, que se puede ver en el Teatro del Barrio, es un monólogo (roto por un par de intervenciones externas), ubicado temporalmente el primer día de la salida de la cárcel de El Lute y articulado en torno a sus recuerdos, experiencias y reflexiones.

Nacho Marraco dirige el texto de su hermano José Marraco con una puesta en escena ejemplar, delicada y sutil para hablar sobre las duras experiencias de este hombre. Sus sufrimientos, la injusta encarcelación al aplicársele la Ley de vagos y maleantes por el robo de una gallina, sus huidas de la cárcel, el hambre (siempre el hambre), cómo aprendió a leer en prisión y se sacó la carrera de derecho… Todo historias de superación con ansias de libertad. Pero es que además la absoluta crudeza de las vivencias de Eleuterio Sánchez se ve compensada con una poética que no se esperaría de un montaje con esta base, y eleva el espectáculo más allá del testimonio (que ya tendría un valor intrínseco importante) para crear una bellísima y emocionante composición teatral. La conjunción de puesta en escena (mágnífica iluminación, por cierto) y el texto consiguen trasportarle a uno al interior de la mente de esta figura esencial de la historia del s.XX española. En este poético y casi onírico aspecto la parte relacionada con Lucía (Sandra Gumuzzio), el primer amor de Eleuterio, está tratada de una manera que eriza la piel de la emoción. Sólo el inicio, con la imagen del protagonista detrás de unas cuerdas asemejando barrotes y esa luna que se ilumina casi imperceptiblemente ilustraría el tono del espectáculo. Un espectáculo acompañado además en directo por un guitarrista, Luis Callejón, que aporta una ambientación sonora perfecta para crear las atmósferas y las emociones deseadas. Pero las historias acerca de las injusticias vividas por este merchero (que no vamos a relatar ahora porque os cansaríais de leer, y además para eso están sus libros) debían tener un intérprete capaz de hacer suyo el personaje y transmitir la desesperación y el extraordinario ser que hay detrás. Y Luis Callejo da una lección de interpretación, sosteniendo prácticamente él solo el espectáculo sin que en ningún momento se pierda el interés, una caracterización acertadísima en gestos y coletillas, poniendo emoción, humor o rabia en los momentos necesarios. Interpretación extraordinaria la de Callejo que no hay que perderse. Todo eso teniendo en cuenta la dificultad que entraña enfrentarse a un personaje vivo, que te está juzgando desde la primera fila. Pero no hay duda de que el propio Eleuterio Sánchez está conforme con el resultado. No hacía ni falta que lo comentara en un coloquio posterior a la función (como hizo). Sólo había que fijarse en él durante el espectáculo para saber que con Eleuterio. Historia de un hombre libre han conseguido algo especial que le toca muy dentro. Un montaje necesario acerca de la lucha por la libertad. Y es que “un hombre no es un hombre si no es un hombre libre”.

M.G.

EXCÍTAME, EL CRIMEN DE LEOPOLD Y LOEB. Un musical criminal y gay

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(Esta crítica ha sido publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de Excítame, dirigido por Jsoé Luis Sixto, en el Teatro Fernán Gómez de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

EXCÍTAME (THRILL ME), EL CRIMEN DE LEOPOLD Y LOEB. crítica por Miguel Gabaldón

“La única razón fue unirme a él”, responde Nathan cuando le preguntan el porqué del horrible crimen que cometió junto a su amante. Excítame (Thrill me), el crimen de Leopold y Loeb se acaba de estrenar en el Teatro Fernán Gómez de Madrid y es la adaptación española de un musical (de pequeño formato con piano en directo) de Stephen Dolginoff, oscurito, criminal y sexual que narra una relación de dependencia demencial, estructurada como una audiencia en la cárcel al protagonista años después del hecho, trufada de flahbacks que ilustran ese terrible crimen que dos jóvenes demasiados influenciados por Nietzsche cometieron en los años 20 en Chicago.

Nathan Leopold mantiene una relación de sumisión y sexo con Richard Loeb, amigo suyo desde tiempos de la infancia. Richard humilla de forma sistemática a Nathan, pero éste es incapaz escapar de su influjo. Y es que para más inri Richard se excita sexualmente con el crimen. Con lo cual la única manera que tiene Leopold de poder conseguir sus ansiados favores sexuales es acompañándole en sus correrías para acto seguido echar un polvo. Al principio sólo se trata de incendios y robos, hasta que, influenciado Richard por la lectura de Nietzsche y su concepto del superhombre, un día deciden dar un paso más y llegar al asesinato de un niño al azar. Excítame está basado en un crimen real que conmocionó a la sociedad americana, y el espectáculo es un hermano menor y gay del Sweeney Todd de Stephen Sondheim, mezclado con un poquito de La soga de Hitchcock y otro poquito de erotismo homosexual. La historia desde luego es potente, la dramaturgia consigue arrastrar al espectador y sumergirle en el perturbador (y perturbado) universo de esta extraña pareja y la puesta en escena e interpretaciones ayudan a crear la intimidad necesaria para transmitirlo. Pero sobre uno planea la sospecha de que no hacía falta que fuera un musical para narrarla.

Y es que esta historia no llega a desarrollar toda su fuerza, tal vez por el hecho en sí del musical, por la adaptación al castellano o bien porque todavía se tienen que hacer los actores a respirar el texto cantado (porque no parecen melodías excesivamente fáciles de cantar). Pero el caso es que los números musicales no llegan a convencer del todo. Aunque hay instantes, como el polvo pirómano o el estremecedor momento en que Richard está invitando a su pequeña víctima a subir a su coche (momento álgido y absolutamente estremecedor de la función) que son realmente buenos. Además la puesta en escena del director José Luis Sixto es bastante acertada (contando además con la inestimable ayuda de una fantástica iluminación de Juanjo Llorens). Y los dos actores (David Tortosa, que se alterna con Marc Parejo en el papel del oscuro Richard y Alejandro de los Santos en el del débil Nathan) encajan muy bien en sus roles y tienen una muy buena química en escena. Tal vez sólo falta evitar un pelín de descontrol en algunos números (que segura irá llegando con las funciones, porque la herramienta la tienen), puesto que además todo el espectáculo trata de ilustrar esa relación tan íntima (y perversa). De cualquier manera Excítame es potente porque se erige en un ejemplo in extremis de una relación de dependencia que, sin llegar a esos límites, uno puede incluso haber vivido. Y el espectáculo, si no redondo, sí es poseedor de una trama y atmósfera interesantes y perturbadoras. Lo suficientemente excitantes como para acudir al teatro.

M.G.

EL LARGO VIAJE DEL DÍA HACIA LA NOCHE, de Eugene O´Neill. Familias infelices

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(Esta crítica ha sido publicada en la web de cultura Notodo.com con motivo del estreno de El largo viaje del día hacia la noche en el Teatro Marquina de Madrid. Para más información podéis hacer clic aquí y ver la reseña en la web de Notodo.)

EL LARGO VIAJE DEL DÍA HACIA LA NOCHE. crítica por Miguel Gabaldón

Recordando las palabras de Tolstoi (a quien cita en las notas de esta obra Borja Ortiz de Gondra, el adaptador) “Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Y tiene razón Ortiz de Gondra al poner por delante esta frase, ya que la familia protagonista de El largo viaje del día hacia la noche, feliz, desde luego, no es. El montaje de Juan José Alfonso, director de El crítico o El arte de la entrevista, se acaba de estrenar en el Teatro Marquina de Madrid. Y quienes sean afines a los dramones aquí tienen uno de padre y muy señor mío. De padre, madre y hermanos, para ser más exactos.

La que se denomina la obra cumbre de Eugene O’Neill (un autor por el que siento particular fascinación) es un reflejo que ponía sobre las tablas las atormentadas relaciones de su propia familia. Una familia llena de amor y odio a partes iguales (que se aman más que se odian, parafraseando a uno de los personajes) (y la verdad es que se odian mucho, todo hay que decirlo), atrapados en una espiral enfermiza y asfixiante, rodeados permanentemente de una niebla (interior y paisajística) que parece nunca se disipará. Una historia de las que dejan huella y que se encarga de las pasiones más dolorosas del ser humano.

Juan José Alfonso dirige El largo viaje del día hacia la noche de forma sencilla, apenas con unas poéticas transiciones del mar y esa niebla en forma de proyecciones, ambientando la acción en el 1912 del original y dejando el protagonismo a los actores y la palabra. Y es que no hay otra forma de afrontar este texto. Alberto Iglesias es un hermano mayor aficionado al alcohol más que convincente, consiguiendo una interpretación a la que no le sobra ni le falta nada. Juan Díaz es un tierno Edmund, el hermano menor aquejado de algo más que un catarro, ofreciendo algunos momentos francamente buenos. Mamen Camacho se encarga del contrapunto cómico de la función, con el personaje de la criada. Mario Gas, por su lado, es un magnífico James Tyrone, ese cabeza de familia estrella del teatro, con un equilibrio perfecto entre campechanía y divismo. Para lo que viene además de perlas la inmensa presencia escénica que posee este actor y director. Y Vicky Peña regala un intenso y melodrámatico retrato de esa madre de complejo y adictivo carácter. Su interpretación (que sorprendentemente parece algo errática en un comienzo, aunque uno entiende a la perfección inmediatamente después su propuesta) es una maravilla. Y es que esta gigantesca actriz logra instantes de profunda emoción realizando un solo gesto. Es una de las mejores actrices de nuestro panorama interpretativo. Y aquí lo vuelve a demostrar.

Sin embargo (aunque sólo por las interpretaciones mereciese la pena), y a pesar de las altas expectativas (o precisamente por eso), este Largo viaje del día hacia la noche no llega a completar su recorrido de forma totalmente satisfactoria. No llega a ser redonda. El montaje, incluso habiendo sido recortado el texto por Borja Ortiz de Gondra (pasando de cerca de tres horas y cuarenta y cinco minutos a alrededor de las dos horas y media), se hace algo pesado llegado cierto momento. Y la dirección resulta un poco plana y en exceso pausada. Sin duda le vendría bien algo más de ritmo y rapidez en las réplicas para que ganase prestancia el asunto. Aún así, el universo de O’Neill sigue resultando potente y perturbador, y permanece ese lento descenso a los infiernos. Así como el muy interesante halo de misterio que envuelve al comienzo a los personajes y la niebla perpetua que acaba introduciéndose en el escenario.

Pero el caso es que acaba de iniciar su travesía, así que sin duda la función irá ganando con el rodaje. Con los monstruos que hay en escena no hay duda. Y el texto de O’Neill la verdad es que se merece que la función despliegue todo el potencial que posee y terminen por ahogar los tensos lazos familiares forjados en esa dicotomía amor-odio y la oscuridad que se cierne sobre la familia Tyrone. Pero por ahora (no os vamos a engañar) sí que se hace ligeramente largo este viaje hacia la noche…

M.G.